Contando monedas para comprar cigarros,
regreso a mi casa, sumando derrotas.
Vuelvo sin excusas, sin paz ni trabajo,
y a nuestro futuro le arrancan las horas.
Y en casa me espera
mi razón de vida, el calor de hogar.
Llevo la vergüenza, las manos vacías,
la precariedad.
Ella sonreirá, “saldremos adelante”.
A pesar del tiempo sigue siendo bella.
La miro y recuerdo. No siempre los planes
salen como sueñas, eternas promesas.
Estoy cansado
de tropezar siempre, del “ya le llamaremos”.
Quizá mañana
cambien nuestra suerte
y acabe este invierno.
Podría ser jardinero en Marte,
médico de flores, poeta ambulante
deshollinador volando en tejados,
probador de espejos, o pirata honrado.
Quisiera ser hombre al fin al cabo.
Podría ser quizá delineante
de columpios rojos, un gran nigromante,
un cantor de nanas, quizás buhonero,
y vender palomas, pócimas y ungüentos.
Pensándolo bien, me conformo con menos.
Enchufo la radio, no habla de nosotros.
La luz de la aurora se vierte en la acera.
Ella me da un beso, yo me hundo en sus ojos.
“Suerte” me susurra y cruzo la puerta.
Fuera quizá encuentre
por fin la respuesta
o mi exculpación.
Llueve mientras sueño,
quizá cuando vuelva
haya salido el sol
Podría ser cartero de Neruda,
pescador de estrellas, navegando en la luna,
piloto de cometas, explorador de abismos,
quizá recolector de gotas de rocío.
Quisiera ser un hombre, es poco lo que pido.
Podría ser quizá delineante
de columpios rojos, un gran nigromante,
un cantor de nanas, quizás buhonero,
y vender palomas, pócimas y ungüentos.
Pensándolo bien, me conformo con menos.
Podría ser jardinero en Marte,
médico de flores, poeta ambulante
deshollinador volando en tejados,
probador de espejos, o pirata honrado.
Quisiera ser hombre al fin al cabo.
Y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar, que de tal suerte yo todavia no terminé de callar.
jueves, 11 de marzo de 2010
miércoles, 10 de marzo de 2010
Voltaire:
I disapprove of what you say, but I will defend to the death your right to say it.
Claves secretas:
Libros que cayeron en mis manos
lunes, 8 de marzo de 2010
Helado de Aguardiente, para Bal (:
Te debía más que un post, esta vez, una redención por los pecados cometidos. Te debía esta vez un pack de mensajes de texto, una canción, tres videos publicados, cuatro estados en el facebook, horas, minutos y segundos añadidos a la noche para seguir hablando, te debía, sin embargo, mas de veinte te quiero y casi setenta sonrisas, sin contar que te debía algunos programas de radio en sintonía repetida.
Te debía hartarte con mis charlas sobre ellos, te debía treinta y dos consejos que no vas a seguir, te debía una sorpresa que es lo único que cumplo, te debía una sorpresa y por eso escribo acá.
Me regalaste un lugar en tu blog, para el cumple del mio, pero creo que el regalo mas importante fue un lugr en tu corazon, que sí, que a veces la gente duda, pero yo puedo afirmar que lo tenes. Y acá estoy haciendo uso de ambos regalos. Éste post es mas que nada para recordarte que a pesar de deberte todo lo que te debo, de estar ausente en el msn, de nunca estar, de siempre irme, me gustaría que me consideres como una amiga, un poste que te escucha, una pared que intenta aconsejarte -con la bola que se le dan a las paredes-, un hombro impermeable.
Hacerte acordar que siempre siempre siempre siempre siempre hay una sonrisa para vos. Un abrazo para vos, un palo para vos (:
Una amiga, dueña del blog El Color del Caramelo , (que ahora cumple un año (: , y que quiere que nadie se quede afuera del megapost de cumpleañitos el 29 de Abril con sus textos, imagenes o lo que sea (?)quiere que nunca te olvides de que te quiere mucho.
Mucho mucho mucho mucho mucho mucho mucho.
Mucho.
Decime si no fue el ad MAAAAAAAS DULCE que viste en tu vida. (:
TE ADORO (:
Meeeeeeeech
Te debía hartarte con mis charlas sobre ellos, te debía treinta y dos consejos que no vas a seguir, te debía una sorpresa que es lo único que cumplo, te debía una sorpresa y por eso escribo acá.
Me regalaste un lugar en tu blog, para el cumple del mio, pero creo que el regalo mas importante fue un lugr en tu corazon, que sí, que a veces la gente duda, pero yo puedo afirmar que lo tenes. Y acá estoy haciendo uso de ambos regalos. Éste post es mas que nada para recordarte que a pesar de deberte todo lo que te debo, de estar ausente en el msn, de nunca estar, de siempre irme, me gustaría que me consideres como una amiga, un poste que te escucha, una pared que intenta aconsejarte -con la bola que se le dan a las paredes-, un hombro impermeable.
Hacerte acordar que siempre siempre siempre siempre siempre hay una sonrisa para vos. Un abrazo para vos, un palo para vos (:
Una amiga, dueña del blog El Color del Caramelo , (que ahora cumple un año (: , y que quiere que nadie se quede afuera del megapost de cumpleañitos el 29 de Abril con sus textos, imagenes o lo que sea (?)quiere que nunca te olvides de que te quiere mucho.
Mucho mucho mucho mucho mucho mucho mucho.
Mucho.
Decime si no fue el ad MAAAAAAAS DULCE que viste en tu vida. (:
TE ADORO (:
Meeeeeeeech
Claves secretas:
Yo soy team Ignashio
jueves, 4 de marzo de 2010
Constanza Galeano Lazza
La mañana del veinticuatro de mayo, una semana después de que hubiera posteado la culminación de la historia de Milagros y Francisco, Constanza Galeano Lazza despertó con dolor de cabeza y la profunda certeza de que estaba envejeciendo. Su creciente enemistad con la quietud y la constante necesidad de superarse a si misma la agobiaban de vez en cuando, y esos desasosiegos la llevaban, muchas veces a exaltarse durante la noche y la madrugada, cuando soñaba que una ella mucho mayor, más anciana, seguía asistiendo a los mismos lugares que a los que asistía ella ahora. A las cuatro y cuarenta y dos se había despertado violentamente, como si algo la hubiera sacudido entera; con la boca seca y la respiración agitada. Buscó a tientas la botellita de agua que siempre llevaba a la mesa de luz, pero no la encontró. Recordó que la noche anterior estaba demasiado cansada y fue directamente del baño a la cama; por lo que hizo un esfuerzo para espabilarse e ir a la pequeña cocina a hurgar en la heladera.
A las seis y veintiocho, dos minutos antes de que suene su despertador, Constanza Galeano despertó nuevamente con la insalvable sensación de estar envejeciendo.
Se preparó un café, como todas las mañanas, y buscó una pastilla de Ibuprofeno en el botiquín. Por si fuera poco, se acordó que ese era su día franco.
Intentó volver a dormirse, pero le fue imposible luego del especialmente cargado café, por lo que, resignada, se sentó en el sillón y prendió la televisión.
A las seis y veintiocho, dos minutos antes de que suene su despertador, Constanza Galeano despertó nuevamente con la insalvable sensación de estar envejeciendo.
Se preparó un café, como todas las mañanas, y buscó una pastilla de Ibuprofeno en el botiquín. Por si fuera poco, se acordó que ese era su día franco.
Intentó volver a dormirse, pero le fue imposible luego del especialmente cargado café, por lo que, resignada, se sentó en el sillón y prendió la televisión.
lunes, 22 de febrero de 2010
El aroma de los diamantes.
Diatriba de una naranjera contra sus dos amores.
En el medio del escenario una tenue luz alumbra un banco alto, a la derecha un armario. A la izquierda una biblioteca con varios libros y una puerta que será la que presente a los personajes de uno en uno. Entra Sofía con un vestido de verano y tacos altos, con el pelo recogido y se acerca a una mesa situada e la derecha inmediata del banco. Deposita allí un vaso de agua y se ubica en su lugar durante el resto de la obra. Más allá hay un sillón donde se ubicaran los invitados.
Sofía, al público. -Muchos de ustedes estarán aquí porque les gustó el nombre de mi desgracia. Algunos no tendrán ni idea de que se trata y los demás, dirán que tienen problemas más graves que este. Pero henos aquí. Yo en la encrucijada más terrible y prevista de mi vida y ustedes sentados frente a mí, expectantes. Me gusta la cara de augurio aciago de aquella señora, que parece saber lo que se viene. Usted también debió estar así alguna vez. Pero no creo que lo suyo haya sido tan previsto, tan evitable y a la vez tan ineludible como la situación a la que me enfrento ahora.
(pequeña pausa en que la actriz se toma su tiempo para visualizar a toda la audiencia, contando de a ratitos la cantidad de gente. Luego toma el vaso de agua, bebe un trago y vuelve a dejarlo en la mesa.)
Mi historia comienza mucho tiempo atrás, catorce años atrás, si quieren precisión; en una de esas incipientes ciudades de ubicadas en cualquier punto de la rosa de los vientos. La verdad es que no me acuerdo mucho de eso, la memoria selectiva, los años y el olvido voluntario dejaron lagunas en muchas etapas, sobre todo en las más antiguas.
Empecé a vivir una tarde de Junio de hace catorce años, cuando conocí, casi por casualidad, a alguien que cambiaría el rumbo de mi vida. Un poco antes de eso había hecho un descubrimiento fantástico: Las mujeres, cuando están enamoradas, son un caos interno. No respetan amistades ni horarios, todo lo pueden en el amor, nada es posible sin él. Un descubrimiento nuevo para mí, que nunca había sentido mas que la racionalidad y el peso de la lógica por sobre cualquier capricho del corazón. Y no lo descubrí en mí, sino en dos mujeres cercanas.
Milagros era mi tabla de naufragio de una amistad mal lograda. Nos veíamos seguido y recorríamos el pueblo juntas, compartiendo carcajadas. ¡Cómo le gustaba reírse a esa mujer! Tenía una voz fuerte, potente y graciosa, siempre dispuesta a hacer felices a los demás con sus payasadas.
Y también en Florencia, que era un caso aparte, casi como una insignificante piedra en la vorágine de viento que quería arrastrarnos al destino.
Ese mayo aprendí que una mujer puede mentir que esta en el medio del mar para que su novio la llame, preocupado. Pero también aprendí que cuando aparecen juguetes nuevos, a las mentiras les gusta quedar sin efecto. Mejor dicho, yo me preocupé más por ella que el novio mismo.
A esto ha entrado Ignacio por la puerta, un hombre de mirada apacible, sonrisa un tanto irónica, ojos marrones; normales pero con algo que lo diferencia del resto.
-Eso es mentira. Sí me preocupé por ella, pero me di cuenta que era mentira.
Sofía ha dejado de dirigirse al público para retrucar, dulcemente, lo que Ignacio acaba de decir. Parece ser una discusión simpática y alegre.
-¿La llamaste?
-No.
-Dejame terminar, entonces. ¿Qué hacés acá?
-No estoy acá. Vos me trajiste. En este momento estoy en casa tirado en la cama leyendo un libro de un polaco que recibió el premio Nóbel hace poco. Me duele el golpe, nada más.
-¡Acabáramos! ¿Así que estas tenemos?
-No fue una queja, a él le debe doler más.
Sofía queda mirando el rincón en donde Ignacio está sentado mientras se queda a oscuras. Cuando él se va y la luz retorna a su estado normal, vuelve a dirigirse al público.
-Bien. Les decía que una mujer en ese estado de cosas ya perdió mucho de novedad y con lo del naufragio, también la credibilidad. Además, nadie puede pedir un noviazgo estable a tal edad, sería una perdida de tiempo.
Lo quería, declaré que lo iba a conseguir. Se lo declaré a Milagros, que me apoyó en la decisión. De no ser porque ella también estaba decidida a lo mismo. Teníamos formas diferentes de encarar la vida, yo siempre fui más perseverante, más de consagrarme a la lucha paciente en vez de avasallar todo con cuanto proyectil se me hubiera dotado. Así es que me volví su amiga, su confidente, su necesaria. Volvíamos de buscar estrellas de la orilla del mar, caminando despacio, como para que el tiempo no pase nunca. Yo no se que sentía por él en ese momento, pero lo veía como un trofeo al que estaba segura que iba a llegar.
Sofía baja un momento la mirada hacia alguien de la platea.
¡Pero claro que llegué, hombre! No me mire con esa cara de incredulidad, que hasta ahora la única meta que no logre alcanzar fue la del Premio Nóbel de la Paz. Y muchos estarán pensando que con la maquiavélica idea que expuse hace un ratito tampoco es que hago mucho mérito, pero ustedes verán. No siempre me mantuve en esa línea de acción, después me encariño con mis logros y eso fue exactamente lo que me pasó con este crápula. Crápula con cariño, ustedes verán que al principio tampoco hizo mucho mérito para merecer otro adjetivo mas condescendiente.
Sofía ha empezado a subir el tono y aumentar la velocidad hasta que las últimas palabras se pierden porque se le acaba el aire, completando la escena con un enorme suspiro para recuperarse y un trago de agua del vaso en la mesa.
El idilio duró poco, el desamor, demasiado. ¿Creen ustedes que tres años, cinco meses y veintidós días son suficientes para olvidar a alguien? Bueno, se equivocan. Si hubieran sido suficientes yo no estaría contando mi desgracia en este momento.
Toma un libro de la biblioteca del fondo y hace un esfuerzo por leer.
Alejandro, Ricardo, Germán, ah, de este no me acordaba. Sigue leyendo un segundo más. Ah, si de estos si, pero se merecen historia aparte. Vuelve su mirada al público. No, no estuve con ninguno de los de esta lista. Extrae un papel del libro que se desdobla en tres dejando al descubierto una larga lista de nombres y luego vuelve a doblarla con parsimonia mientras dice. Todos estos son los hombres que alguna vez me gustaron, pero no hubo ni un beso. De hecho, si les contara… Pero ya veo la cara de horror de algunas personas mirándose entre sí, por lo que les aviso que pueden quedarse tranquilos, que esas historias no hacen a mi desgracia y no voy a aburrirlos.
Coloca el libro en la mesa y comienza a caminar de un lado a otro sin exagerar los pasos, como pensativa. Mira el reloj una vez distraída y luego vuelve a mirarlo entre sorprendida y horrorizada.
-¡Cuatro horas! ¿Cómo fue que llegué a esto?
Piensa un segundo. Bueno, puede ser que así. Pero no pensé que fuera para tanto.
En fin. Después de mi mal logrado affaire de unas semanas y mis tres años y medio de luto voluntario, vino alguien decidido a cambiarme la vida. Y tan decidido estaba que le costó dos meses darse cuenta de que me quería y esperó un año a que yo me de cuenta de lo mismo. ¡Díganme ustedes! Pero ambos subestimamos el bache, y pensamos que nunca más íbamos a pasar por esa calle nuevamente. Bautista se llamaba. Un chico bien, bueno, santo, católico.
Mientras Sofía describe, Bautista camina desde la puerta de la derecha hasta el sillón lo mismo que Ignacio antes que él.
¿Pueden ustedes nombrarme las virtudes de una mujer enamorada?
Bautista contesta.
-Paciencia, cariño, dulzura…
Sofía gira a mirarlo.
-¿alguna más?
Bautista sigue.
-Perseverancia, soltura, gracia…
Mirando al público, Sofía continúa.
-Ceguera, blindaje… Si, las ultimas dos son virtudes. Virtudes por las que algunas de ustedes siguen siendo felices, ¿díganme si no, mujeres de esta sala? Si tuviéramos que hacernos problema por todo, no llegaríamos lozanas y hermosas ni a los cuarenta.
Las virtudes que más usé con él fueron la paciencia y la dulzura. La paciencia era la que menos me gustaba. Pero llegué a conocer cada detalle de su vida como si fuera la mía propia. Leía sus pensamientos como si un suspiro del aire me los contase todos. Me hacía reír siempre que me contaba cosas y asombrarme cuando me demostraba algo que yo no creía. Ponía sobre todas las cosas su pasión por las ideas y el espíritu, lo insondable y milagroso sobre lo probable y empírico, cuando yo necesitaba proponer la ciencia como la única que podría conducirnos al mejor mundo posible.
-Vos no respetás mis creencias.
-Y vos no respetás a la ciencia, estamos a mano.
-Pero vos…
-¿Siempre con la última palabra, Bautista? A veces me gustaría ser un poco más tonta. Una vez me teñí de rubio y no funcionó, de hecho eso fue lo mas estúpido que hice en toda mi vida. Me costo volver a mi color natural. Decía que me gustaría ser más tonta para no discutir con él por estas tonterías… ¿A dónde vas? Repentinamente detiene a Bautista que se ha levantado.
-A prepararme, no falta mucho.
-¡No, quedate! ¿Cuánto falta?
-Tres horas y cuarenta y dos minutos.
-¡Tan poco!
Mientras dice eso, Bautista se ha ido escabullendo entre bambalinas y Sofía se ha puesto un delantal de lienzo crudo. Al darse vuelta a enfrentar al público nuevamente, dice:
¡Y todo por unas naranjas de cincuenta mil lingotes!
La verdadera historia de mi desgracia comienza una semana atrás, cuando todavía era feliz en una casa feliz con un matrimonio más que feliz con el hombre que acaba de irse. Casi no tenía tiempo para pensar en Ignacio entre los árboles de naranjas del patio trasero que cosechaba y muy cuidadosamente pelaba.
Hace ademán de tomar una naranja imaginaria de un árbol imaginario y se sienta en canastita (como indiecito) en el centro del escenario mientras actúa cada cosa que dice, ensimismada en la faena.
Cortaba una a una las rodajas y las dejaba en una fuente que ponía en mi regazo. ¡Como brillaban las condenadas! Un haz de luz manaba de su centro, lo cual me hubiera sorprendido de no ser que una vez me atraganté con lo que generaba esa luz y descubrí su secreto: un diamante que había germinado en ellas. Yo lo extraía y lo colocaba sobre una almohadilla de terciopelo azul con mucho cuidado. ¡Y todavía había gente que no creía que García Márquez las haya visto! Yo les decía, ya te vas a enterar, cuando sientas que las señoras muy aseñoradas tratan de tapar con Chanel la fragancia a naranjas que mana de mis diamantes. Y los rubíes de las manzanas, pero esos nunca me salieron como quería, así que regalé muchas pulseras y aros de oropel y rubíes a mis amigas.
Y así sentadita como estoy ahora, escuché una discusión dentro de mi casa. Y ahí comenzó mi desgracia.
Hace ademán de dejar la canasta a un lado, se para, limpia el delantal con las manos y coloca su oreja en posición de escuchar la discusión que proviene de bambalinas. Aunque no se escucha nada, Sofía hace gestos horrorizada mientras sigue escuchando. En un momento, la discusión la supera y se saca con ira el delantal y lo tira a un lado.
¡Así que entré! ¿Qué más podía hacer? Hay un momento en la vida de toda mujer en la que tiene que plantar cara y dejar las naranjas a un lado. Dije para mi “¡Estos dos me van a escuchar!” y entré enfurecida a enfrentarlos.
-¿Qué hacés acá? Sofía grita a Ignacio que aparece por la izquierda de la sala. Bautista también ha entrado por la derecha.
-Vine a reclamar lo que es mío. Estuve esperando mucho tiempo hasta que me decidí a venir. ¡Catorce años! ¡Catorce años pensando que vos misma ibas a reconocer que el amor estaba más allá de esta jaula simbólica que son estas cuatro paredes y de este falso amor e ibas a correr a mis brazos! ¡Catorce años, Sofía, Catorce! ¡Toda mi vida consagrada a tus labios! Y ahora he venido a recuperarte. Espero que ahora sí te des cuenta.
Bautista, que ha permanecido inmóvil y expectante une a la acción, con aparente calma pero reprimiendo la ira que irá soltando a través de la escena.
Bautista -Viniste a perder tiempo Ignacio, ella no quiere irse. Sino se hubiera ido en alguna de las sucesivas treinta y siete oportunidades que tuvo. Porque no sos bueno para ella, porque Sofía sabe que el amor está en la virtud y la seguridad, no en la imprevisión y la locura, el amor de verdad es estable, no volátil y etéreo como lo que venís a proponer vos. Yo asumí la responsabilidad de quererla como se debe, y no como se puede y ¿que hiciste vos? Esperar que una mujer caiga en tus brazos no es lo más inteligente que un hombre que se precie de serlo puede hacer.
Ignacio -Y que hiciste vos, llegando al mismo horario todos los días, siempre con la camisa bien abotonada y la corbata como si Sofía recién te la hubiera hecho, cobrando a fin de mes para poder ir todos los años de vacaciones a Saint Gèmille, para poder cambiar el auto cada dos años, comiendo lo mismo todos los lunes de tu vida, no creyéndole cuando te dijo que en sus naranjas germinaban diamantes, poniendo por encima la estabilidad de una casa en vez de la alegría de un hogar. ¡Qué más le daba a Sofía si iban a Saint Gèmille cada año si nosotros podíamos ir a vivir a un pueblito costero en una casa cuyo balcón dé al mar! ¡Y llegar con arena hasta en los bolsillos a la hora que sea necesario llegar porque las tripas ya están afónicas de rugir de hambre! O rompernos los callos de los pies en las montañas nevadas, ¡Donde sea! Llevando el amor a cuestas, estoy seguro de que no nos haría falta más.
Pero no, vos tenías que sacarle una a una las plumas de sus alas inmensas, ¡y mierda que te costó! Pero lo hiciste… No hay nada más satisfactorio para un burócrata que un trabajo bien hecho y muy bien registrado.
-No sé como calificarte, pero creo que indolencia es lo que más se acerca a tu semblante. No voy a dejar que te la lleves ahora, arrancando de cuajo todo lo que me costó la vida hacer que germine. (pequeña pausa en que se miran, enfurecidos) Aunque, deberíamos por primera vez en la vida, dejar que la dama hable.
Los actores hacen una pequeña pausa y quedan inmóviles mientras Sofía se acerca al frente del escenario para hablar con el público.
-¡Con que estas tenemos! Faltan menos de dos horas y yo intentando reproducir el momento de mi desgracia para ue ustedes también puedan sufrirla conmigo. Es jueves, como todos sabrán. Jueves veintisiete de junio, de madrugada. Faltan dos horas o menos para que amanezca, ¡Fatídico día! Hoy se corporizará mi desgracia. ¿No vieron ustedes al entrar pájaros negros o nubes oscuras? ¿no? ¿Ni siquiera notaron que las constelaciones estaban mas titubeantes que de costumbre? Las estrellas fulguraban con un resplandor raro, como gris perla… ¿Qué hacen a la noche todos ustedes que no miran las estrellas, eh?
Y no me miren con cara de “hay cosas mas importantes que hacer” ¿Como qué? ¿Ponerse cremas y ungüentos las mujeres y los hombres tomar whiskey y leer los diarios? ¡Que importante! A mi me gusta, sin embargo preguntarle cosas a las estrellas. Pero en noches como ésta prefiero quedarme callada y no pisar en falso ninguna baldosa floja.
Vuelve a la escena en la que los dos actores siguen inmóviles. Cuando empieza a hablar, la acción se reanuda.
-Estoy cansada, es cierto, cansada de la rutina de un matrimonio feliz. Pero no pretendo, ni mucho menos, largarme una noche en que las estrellas me dijeron “quedate” con alguien que viene, después de catorce años, tres meses y cinco días con sendas horas y minutos, dice que a buscarme. La vida no es así de fácil, como ustedes piensan. Mucho tiempo soporte esta dualidad de estar acá queriendo estar allá y de estar allá queriendo estar acá y en la playa soñando con las montañas y en las montañas queriendo que me arrulle el sonido del mar y ¡Quiero ir a vivir a Saint Gèmille! No se dan una idea de lo mucho que espero poder ir doce días, siempre los mismos doce días del año a esa ciudad chiquita, enamorada del mar que la busca, besa sus costas y se va y cuánto sufro cada vez que guardo los siete vestidos, las diez remeras, el traje de baño, los cuatro pantalones cortos y los calzados bajo el cielo infinito que el bellísimo mar compró todo todito para su amada ciudad. Me despido de ella con un abrazo gigante prometiéndole volver al año siguiente, los mismos doce días que todas las veces. Esto ya no se trata de mí, y ustedes lo saben. Se trata del orgullo de los dos, más grande que la tristeza de este pueblo. Yo me voy hoy, armo mis siete vestidos y toda la parafernalia y me voy sin hacer ruido a mi adorada Saint Gèmille. A vender diamantes, a eso me voy. Y ustedes, arreglen como mejor les parezca.
Bautista y Ignacio se retiran y Sofía vuelve a sentarse en el banco inicial, de cara al público.
Y así fue como me vine a Saint Gèmille y así es como ahora estoy esperando que el tren en el que viajo que me lleve al lugar de mi desgracia otra vez, tras seis días de tristeza pura. Ya no podía callar más. Cuando amanezca, uno de los dos corazones que me reclaman va a dejar de latir cuando una bala de un revolver cargado de ira les atraviese la arteria aorta, que está repleta de orgullo, odio y sinrazones, y queden esparcidos por el suelo todo el honor y la gloria de quien supo compartir una historia conmigo.
Se escucha un pitido de tren de fondo, anunciando la llegada a destino. Sofía hace ademán de bajar y mira a su alrededor, mientras la iluminación comienza a ser mas extensa, como simulando el amanecer.
Tengo poco tiempo, pero creo que voy a llegar, y ya decidí lo que quiero hacer. Tengo el alma acá y allá y me cansé de esta dualidad. Voy a entregarle mi corazón a los dos a ver que hacen con él.
La escena del duelo, detrás de Sofía ya esta preparada, Bautista y Ignacio, de espaldas, con un arma en la mano. Sofía cuenta hasta tres mientras se acerca a la escena. Cuando grita tres, un poco exageradamente, se mete entre la balacera con los ojos cerrados.
TELON.
Claves secretas:
Arráncame la vida,
la mujer del otro lado del espejo,
La niña de los ojos profundos,
Todo concluye al fin,
Yo; la que olvidaste
jueves, 18 de febrero de 2010
Sos un Cualquiera.-
Te imaginé en un blanco corcel, con corona de rey, con sonrisa de luna. Te divisé entre la multitud, con un vestido azul ciñendo mi cintura… Atravesabas el aire y después, un segundo tardé en caer rendida a tus pies, pero los santos no estaban de guardia, y la noche fue larga y vacía.
Ahora, pensándolo bien, no era un corcel sino una ilusión pasajera, y me puse a pensar, y me dolió creer, por Dios, sos un cualquiera!
Te imaginé de mi mano pidiendo a una estrella el deseo. Te imaginé una mañana, despierto abrigando mí sueño mejor, Y aunque el sueño acabó cuando pude abrir mis ojos, yo tengo la traducción a un idioma real de lo que yo sentía: Estabas pelotuda, Mercedes, ¿que pasó, por qué esa función en un teatro que no es tu vida?
Y llegué solo a una conclusión porque vieron que todo termina… En mi vida creí que lo iba a decir, pero no puedo evitar darme cuenta de que tenes un alma de cera…
Ahora que pienso mejor, ya te puedo decir que un principe no sos, es mas… Vos sos un culquiera.
Ahora, pensándolo bien, no era un corcel sino una ilusión pasajera, y me puse a pensar, y me dolió creer, por Dios, sos un cualquiera!
Te imaginé de mi mano pidiendo a una estrella el deseo. Te imaginé una mañana, despierto abrigando mí sueño mejor, Y aunque el sueño acabó cuando pude abrir mis ojos, yo tengo la traducción a un idioma real de lo que yo sentía: Estabas pelotuda, Mercedes, ¿que pasó, por qué esa función en un teatro que no es tu vida?
Y llegué solo a una conclusión porque vieron que todo termina… En mi vida creí que lo iba a decir, pero no puedo evitar darme cuenta de que tenes un alma de cera…
Ahora que pienso mejor, ya te puedo decir que un principe no sos, es mas… Vos sos un culquiera.
viernes, 12 de febrero de 2010
Sos un Grandísimo Hijo de re mil Putas.
-Sos un grandísimo hijo de re mil puta.-Alcancé a escupirle en la cara antes de que subiera al auto negro y amarillo, resguardado por su maletín negro ahora manchado de Sundae de Frutilla.
Volví a sentarme y comencé a respirar hondo. Esto no se parecía de ni juego a lo que yo esperaba que fuera.
Dos horas antes y descompuesta fuera de una cadena de bazares, por la peatonal me lo había encontrado, cualquiera diría que de casualidad, si no fuera que hacía tres días no pensaba más que en ese encuentro esclarecedor que tendría lugar justamente allí, fuera de Falabella. Me encontró parada, algo pálida pero disimulada, como siempre, con el maquillaje; atorada en mis pensamientos; con una blusa clara y un jean ajustado; y con la cartera blanca colgada del brazo derecho.
-Llegás tarde, yo no tengo todo el día.
-Llegué, a lo sumo, tres o cuatro minutos tarde, no empecés.
Seguimos caminando casi sin hablarnos unas cuatro o cinco cuadras más, hasta que señalé un café. Él me propuso una heladería que estaba a dos cuadras de allí y yo acepté, creí, en ese momento, que me bancaría mejor una de esas charlas con un helado de dulce de leche y frutillas.
-Sé que preferís el helado.-me dijo. Yo no reparé en ese detalle.
-Estoy como sedada- le dije al llegar y sentarme. –Quiero un Sundae de Frutilla y chocolate, ¿me lo podés traer?- pedí demasiado amablemente mientras extendía los billetes hacia él. Asintió pero ignoró mi mano. Yo volví a guardarlos.
Durante el tiempo que el pedía los helados –no se cuánto habrá sido, cinco o seis minutos, tal vez- yo no paré de morderme los labios y pensar en como iba a hacer para decirle todo sin desmoronarme como un castillo de naipes, ahí mismo. Debería haber hecho una carta, pensé, pero ya es tarde, y encima estoy acá, sentada en una heladería con él, ¿no era que no querías que nadie se entere? Bueno, mirá si alguien por esas causalidades de la vida te ve, bonito escándalo se te arma. Y si armás quilombo, ¿no es demasiado público el lugar como para pasar desapercibida? Mientras mi yo racional trataba de convencer a mi yo irracional de no salir corriendo despavorida, aunque la tentase la idea, yo permanecía inmóvil con los labios blancos de tanto morderlos, fiel a mi costumbre, apoyando ambas palmas en la rodillas, un poco curvada la espalda y con el cabello recientemente color almendra un poco despeinado por el viento. Recién me daba cuenta de que corría viento, viento sur.
Cuando llegó con los helados, levanté la vista y solté mi labio que había quedado ostensiblemente marcado. Intenté buscar en la cartera los billetes para devolverle el importe de mi postre pero el acompañó el Ya fue con un gesto definitivo.
Me sentía como una rea a punto de escuchar su sentencia. Así me sentía. Los fiscales, gente que yo traía a mi memoria que había sido incluida en el destino común de nosotros dos, me miraban con sus gestos particulares y había una gran mayoría dispuesta a gritar Culpable, Señor Juez. Solo algunas caras familiares me sonreían tímidamente, me expresaban su apoyo incondicional, pero no eran las que mas importaban. La primera fila de fiscales, los más fuertes, dueños de los juicios más perentorios, estaba plagada de rostros que me decían que no debía estar ahí en ese momento y que ese era mi mayor crimen. Decían sus rostros que esa actitud, esa mala decisión sería tomada en cuenta al momento de mi condena.
Hice un esfuerzo para desoír sus declaraciones y lo miré a los ojos. Solo allí tuve plena certeza de que lo único que importaba en ese momento era sacar fuera todo lo que yo sentía. Nada más. Ni siquiera como se sintiera él. Ni mi entorno. Nada. Esto me lo debía a mi misma, y a nadie más. Ni a las tres filas de fiscales, que ahora adoptaban una expresión absorta y retrotraída a algún punto en particular de mi comportamiento, ni a él, que alternaba entre mirarme y juntar con la cucharita azul el helado de los bordes de abajo para que no chorree.
El silencio incómodo se fue transformando en un silencio cada vez mas placentero y como si nada, luego de dedicarnos ambos una trémula sonrisa, el comenzó a hablar.
- Y tu vida qué tal.
Yo dudé. – Perfecta- dije con cierto desagrado mientras comía una frutilla.- Un bestiario.
-Llena de lingotitos azules que se encargan de facilitarte la vida para que tengas tiempo de pensar en cosas que te hacen mal.
-Exactamente.
-Igual la mía. Con ciertas distracciones, pero nada en concreto. Lo que a veces saca chispas es la pelotudez del recuerdo.
-Ojala fuera solo eso. Un bestiario. Algo que te visita en el sueño, a todas horas, cada vez que cerrás los ojos para parpadear, y que no te deja dormir ni descansar.
-Ni vivir, y cuando más se esfuma en realidad se está corporizando en algo, un aroma, un color, un algo que pretende establecer una conexión inexistente entre eso y lo otro.
- A vos no te pasa, ¿no?- Dije, repentinamente, mirándolo.
-Trato de no pensar, y me sale la mayor parte del tiempo.
-Al contrario. Yo me autodestruyo. Cualquier cosa que se acerque al Ragnarok para mí es una certeza. –Empecé a sentir que mi corazón se desmoronaba, un peso en los hombros, en la espalda que me gravitaba hacia abajo, hacia el suelo, hacia el principio y fin de todas las cosas. Lo miré.
-Una certeza liviana,-dijo por fin- ya que la única que ofrece certezas sos vos. Con tu vida sobre rieles marchando a un destino marcado con una cruz del tesoro y yo, mientras, me pierdo en un abismo desierto, con algunos oasis casi secos.
-No es fácil escaparse del Ragnarok.- Sentencié- A veces pienso que antes de llegar a ese destino del que hablas va a haber una fuerza magnética ineludible que me va a llevar inexorablemente, al fin del mundo. Y cada vez la siento con más fuerza.
- Feliz de vos que por lo menos sabes a dónde querés llegar. Yo perdí la brújula hace mucho tiempo. Un fracaso tras otro me enseñaron no más que a fracasar y a aceptarme así, fracasado, venido a menos, frenado y mediocre. Mis días no tienen demasiado sentido, al principio pensé que así debía ser la vida, que no había un destino marcado si no que uno mismo tenía que descubrirlo; pero cuando de verdad comenzaron a carecer de sentido mis días, que eran mas cortos, mis noches más largas y faltas de recuerdos, por lo menos de recuerdos gratos, mas que un par de risas de las que a duras penas me acordaba, sorteando un abismo de diez horas ebrio, diez horas durmiendo y cada vez menos horas sobrio, que se restaban minutos a mi existencia para sumárselos a mi karma, que ya no creía en mí, si no que esperaba que otros lo hicieran y cada vez menos gente me veía capaz de lo que ni yo mismo me veía capaz, me di cuenta de que estaba al borde del precipicio. Y que quería avanzar.
- Exigencias que ahora te haces pero que nunca te importaron. Yo, sin embargo, en mi afán de vida perfecta sin baches en el camino, me concentré en una ruta que no tenía desvíos, o si los tenía, eran desvíos obligatorios. Era ir y venir todos los días por el mismo camino hasta que la palma de mi propia mano se me hizo menos familiar que la ruta elegida.- Hice un esfuerzo para continuar. – Después me di cuenta de que estaba girando en círculos como una patética rueda de mandala sin colores psicodélicos ni figuras simbólicas. Un pasaje centrífugo a ninguna parte.
-El mío era centrípeto y me estaba empujando fuera de mi propia vida. Fuera de todo lo que fueran decisiones serias. No podía mantenerme en pie sin sentir la boca reseca y la necesidad de humo en mis pulmones, el desagravio de las noches ajenas a mí en que me encontraba, a la mañana siguiente con una anónima que me escribía su teléfono en el celular y yo nunca me ocupaba de llamar. Tenía miedo. Yo nunca me pude hacer cargo de un destino manifiesto y menos después de eso. Algunos comenzaron a decirme que alguien segura de si misma era mucha mujer para mí y terminé creyéndolo. Quién dice, por ahí tenían razón. Y deje de intentar. Y me abandoné. “Dime su gracia si se te da la gana” llegué a escribirte. Y vos me lo grabaste a fuego en la frente. Y mi cabeza comenzó a sangrar y mis ideas comenzaron a respirar por mis ojos que no querían terminar de creerlo. Y entonces volvías, con un par de sonrisas, confundiéndome y confundiéndote pero sin salirte del área del tambo para que nadie diga Salvación para todos mis compañeros y vos te quedes ahí, perdiendo en un juego con reglas a tu medida, hecho solo para que vos y nadie más gane el juego. Ya ibas a encontrar a alguien que sea lo suficientemente bueno para aceptar el primer feliz empate de tu vida.
No ibas a conformarte con un mediocre. Vos querías alguien exitoso, sublime, caballero, perfecto. Y necesitado de tus brazos, como somos todos los que caemos en ellos. Solo que la media de hombres que caen rendidos a tus pies porque te necesitan, no somos perfectos, y vos no concebís caridad sin crecimiento, y nosotros no concebimos necesidad sin delegar un poquito de la responsabilidad de la que no podemos hacernos cargo, y eso tiene el efecto contrario al que vos querrías.
-Ah, es mi culpa que vos no pudieras hacerte cargo.
-Es tu culpa sentir lo que sentís, como es mi culpa sentirme como me siento.
-¿Y si no puedo cambiarlo?
-Vos, no pudiendo cambiar algo… Es raro, pero creo que nunca te pasó. Siempre que te lo propusiste lo hiciste. Ahora vas a cambiar a todos los que caímos en tus brazos por ese hijo de re mil puta al que el éxito le vino de arriba.
-No hablés así.-Dije, levantando la voz. Él siguió.
-Condenado al éxito, facilista, ingenuo. Y su perfecta mujer, luego, sin que el idiota de su marido se de cuenta, va a encontrar al amante perfecto, cagado en guita, intelectual, cultísimo, - Yo me estaba parando mientras el me decía esto.- y por cagona no se va a animar a dar otro paso, y te vas a morir sin saber que se siente.
¿Qué más podía hacer? Le ensarté lo que me quedaba de helado en la chomba azul cielo que tenía puesta y le grité lo que quería oír.
-Sos un grandísimo hijo de re mil putas.
Ante la mirada atónita de los que estaban sentados en las mesas contiguas, yo sonreí mientras veía al taxi patente GDK 901 que rezaba en su patente amarilla Rosario cuna de la Bandera 3402, alejarse por Rioja.
Volví a sentarme y comencé a respirar hondo. Esto no se parecía de ni juego a lo que yo esperaba que fuera.
Dos horas antes y descompuesta fuera de una cadena de bazares, por la peatonal me lo había encontrado, cualquiera diría que de casualidad, si no fuera que hacía tres días no pensaba más que en ese encuentro esclarecedor que tendría lugar justamente allí, fuera de Falabella. Me encontró parada, algo pálida pero disimulada, como siempre, con el maquillaje; atorada en mis pensamientos; con una blusa clara y un jean ajustado; y con la cartera blanca colgada del brazo derecho.
-Llegás tarde, yo no tengo todo el día.
-Llegué, a lo sumo, tres o cuatro minutos tarde, no empecés.
Seguimos caminando casi sin hablarnos unas cuatro o cinco cuadras más, hasta que señalé un café. Él me propuso una heladería que estaba a dos cuadras de allí y yo acepté, creí, en ese momento, que me bancaría mejor una de esas charlas con un helado de dulce de leche y frutillas.
-Sé que preferís el helado.-me dijo. Yo no reparé en ese detalle.
-Estoy como sedada- le dije al llegar y sentarme. –Quiero un Sundae de Frutilla y chocolate, ¿me lo podés traer?- pedí demasiado amablemente mientras extendía los billetes hacia él. Asintió pero ignoró mi mano. Yo volví a guardarlos.
Durante el tiempo que el pedía los helados –no se cuánto habrá sido, cinco o seis minutos, tal vez- yo no paré de morderme los labios y pensar en como iba a hacer para decirle todo sin desmoronarme como un castillo de naipes, ahí mismo. Debería haber hecho una carta, pensé, pero ya es tarde, y encima estoy acá, sentada en una heladería con él, ¿no era que no querías que nadie se entere? Bueno, mirá si alguien por esas causalidades de la vida te ve, bonito escándalo se te arma. Y si armás quilombo, ¿no es demasiado público el lugar como para pasar desapercibida? Mientras mi yo racional trataba de convencer a mi yo irracional de no salir corriendo despavorida, aunque la tentase la idea, yo permanecía inmóvil con los labios blancos de tanto morderlos, fiel a mi costumbre, apoyando ambas palmas en la rodillas, un poco curvada la espalda y con el cabello recientemente color almendra un poco despeinado por el viento. Recién me daba cuenta de que corría viento, viento sur.
Cuando llegó con los helados, levanté la vista y solté mi labio que había quedado ostensiblemente marcado. Intenté buscar en la cartera los billetes para devolverle el importe de mi postre pero el acompañó el Ya fue con un gesto definitivo.
Me sentía como una rea a punto de escuchar su sentencia. Así me sentía. Los fiscales, gente que yo traía a mi memoria que había sido incluida en el destino común de nosotros dos, me miraban con sus gestos particulares y había una gran mayoría dispuesta a gritar Culpable, Señor Juez. Solo algunas caras familiares me sonreían tímidamente, me expresaban su apoyo incondicional, pero no eran las que mas importaban. La primera fila de fiscales, los más fuertes, dueños de los juicios más perentorios, estaba plagada de rostros que me decían que no debía estar ahí en ese momento y que ese era mi mayor crimen. Decían sus rostros que esa actitud, esa mala decisión sería tomada en cuenta al momento de mi condena.
Hice un esfuerzo para desoír sus declaraciones y lo miré a los ojos. Solo allí tuve plena certeza de que lo único que importaba en ese momento era sacar fuera todo lo que yo sentía. Nada más. Ni siquiera como se sintiera él. Ni mi entorno. Nada. Esto me lo debía a mi misma, y a nadie más. Ni a las tres filas de fiscales, que ahora adoptaban una expresión absorta y retrotraída a algún punto en particular de mi comportamiento, ni a él, que alternaba entre mirarme y juntar con la cucharita azul el helado de los bordes de abajo para que no chorree.
El silencio incómodo se fue transformando en un silencio cada vez mas placentero y como si nada, luego de dedicarnos ambos una trémula sonrisa, el comenzó a hablar.
- Y tu vida qué tal.
Yo dudé. – Perfecta- dije con cierto desagrado mientras comía una frutilla.- Un bestiario.
-Llena de lingotitos azules que se encargan de facilitarte la vida para que tengas tiempo de pensar en cosas que te hacen mal.
-Exactamente.
-Igual la mía. Con ciertas distracciones, pero nada en concreto. Lo que a veces saca chispas es la pelotudez del recuerdo.
-Ojala fuera solo eso. Un bestiario. Algo que te visita en el sueño, a todas horas, cada vez que cerrás los ojos para parpadear, y que no te deja dormir ni descansar.
-Ni vivir, y cuando más se esfuma en realidad se está corporizando en algo, un aroma, un color, un algo que pretende establecer una conexión inexistente entre eso y lo otro.
- A vos no te pasa, ¿no?- Dije, repentinamente, mirándolo.
-Trato de no pensar, y me sale la mayor parte del tiempo.
-Al contrario. Yo me autodestruyo. Cualquier cosa que se acerque al Ragnarok para mí es una certeza. –Empecé a sentir que mi corazón se desmoronaba, un peso en los hombros, en la espalda que me gravitaba hacia abajo, hacia el suelo, hacia el principio y fin de todas las cosas. Lo miré.
-Una certeza liviana,-dijo por fin- ya que la única que ofrece certezas sos vos. Con tu vida sobre rieles marchando a un destino marcado con una cruz del tesoro y yo, mientras, me pierdo en un abismo desierto, con algunos oasis casi secos.
-No es fácil escaparse del Ragnarok.- Sentencié- A veces pienso que antes de llegar a ese destino del que hablas va a haber una fuerza magnética ineludible que me va a llevar inexorablemente, al fin del mundo. Y cada vez la siento con más fuerza.
- Feliz de vos que por lo menos sabes a dónde querés llegar. Yo perdí la brújula hace mucho tiempo. Un fracaso tras otro me enseñaron no más que a fracasar y a aceptarme así, fracasado, venido a menos, frenado y mediocre. Mis días no tienen demasiado sentido, al principio pensé que así debía ser la vida, que no había un destino marcado si no que uno mismo tenía que descubrirlo; pero cuando de verdad comenzaron a carecer de sentido mis días, que eran mas cortos, mis noches más largas y faltas de recuerdos, por lo menos de recuerdos gratos, mas que un par de risas de las que a duras penas me acordaba, sorteando un abismo de diez horas ebrio, diez horas durmiendo y cada vez menos horas sobrio, que se restaban minutos a mi existencia para sumárselos a mi karma, que ya no creía en mí, si no que esperaba que otros lo hicieran y cada vez menos gente me veía capaz de lo que ni yo mismo me veía capaz, me di cuenta de que estaba al borde del precipicio. Y que quería avanzar.
- Exigencias que ahora te haces pero que nunca te importaron. Yo, sin embargo, en mi afán de vida perfecta sin baches en el camino, me concentré en una ruta que no tenía desvíos, o si los tenía, eran desvíos obligatorios. Era ir y venir todos los días por el mismo camino hasta que la palma de mi propia mano se me hizo menos familiar que la ruta elegida.- Hice un esfuerzo para continuar. – Después me di cuenta de que estaba girando en círculos como una patética rueda de mandala sin colores psicodélicos ni figuras simbólicas. Un pasaje centrífugo a ninguna parte.
-El mío era centrípeto y me estaba empujando fuera de mi propia vida. Fuera de todo lo que fueran decisiones serias. No podía mantenerme en pie sin sentir la boca reseca y la necesidad de humo en mis pulmones, el desagravio de las noches ajenas a mí en que me encontraba, a la mañana siguiente con una anónima que me escribía su teléfono en el celular y yo nunca me ocupaba de llamar. Tenía miedo. Yo nunca me pude hacer cargo de un destino manifiesto y menos después de eso. Algunos comenzaron a decirme que alguien segura de si misma era mucha mujer para mí y terminé creyéndolo. Quién dice, por ahí tenían razón. Y deje de intentar. Y me abandoné. “Dime su gracia si se te da la gana” llegué a escribirte. Y vos me lo grabaste a fuego en la frente. Y mi cabeza comenzó a sangrar y mis ideas comenzaron a respirar por mis ojos que no querían terminar de creerlo. Y entonces volvías, con un par de sonrisas, confundiéndome y confundiéndote pero sin salirte del área del tambo para que nadie diga Salvación para todos mis compañeros y vos te quedes ahí, perdiendo en un juego con reglas a tu medida, hecho solo para que vos y nadie más gane el juego. Ya ibas a encontrar a alguien que sea lo suficientemente bueno para aceptar el primer feliz empate de tu vida.
No ibas a conformarte con un mediocre. Vos querías alguien exitoso, sublime, caballero, perfecto. Y necesitado de tus brazos, como somos todos los que caemos en ellos. Solo que la media de hombres que caen rendidos a tus pies porque te necesitan, no somos perfectos, y vos no concebís caridad sin crecimiento, y nosotros no concebimos necesidad sin delegar un poquito de la responsabilidad de la que no podemos hacernos cargo, y eso tiene el efecto contrario al que vos querrías.
-Ah, es mi culpa que vos no pudieras hacerte cargo.
-Es tu culpa sentir lo que sentís, como es mi culpa sentirme como me siento.
-¿Y si no puedo cambiarlo?
-Vos, no pudiendo cambiar algo… Es raro, pero creo que nunca te pasó. Siempre que te lo propusiste lo hiciste. Ahora vas a cambiar a todos los que caímos en tus brazos por ese hijo de re mil puta al que el éxito le vino de arriba.
-No hablés así.-Dije, levantando la voz. Él siguió.
-Condenado al éxito, facilista, ingenuo. Y su perfecta mujer, luego, sin que el idiota de su marido se de cuenta, va a encontrar al amante perfecto, cagado en guita, intelectual, cultísimo, - Yo me estaba parando mientras el me decía esto.- y por cagona no se va a animar a dar otro paso, y te vas a morir sin saber que se siente.
¿Qué más podía hacer? Le ensarté lo que me quedaba de helado en la chomba azul cielo que tenía puesta y le grité lo que quería oír.
-Sos un grandísimo hijo de re mil putas.
Ante la mirada atónita de los que estaban sentados en las mesas contiguas, yo sonreí mientras veía al taxi patente GDK 901 que rezaba en su patente amarilla Rosario cuna de la Bandera 3402, alejarse por Rioja.
Claves secretas:
Arráncame la vida,
la mujer del otro lado del espejo,
mujeres superadas,
Todo concluye al fin,
Yo; la que olvidaste
jueves, 11 de febrero de 2010
Mercedes es mi Nombre
Naturaleza Emotiva:
Naturaleza emotiva y coincidente. Se expresa por medio de lo ideal, lo genial y lo causal. Ama la experiencia, el saber y la evidencia. Le gusta sentirse retribuido.
Naturaleza Expresiva:
Se amolda a todo. Se expresa en la jovialidad, la amenidad y la prodigalidad. Ama la dignidad y el renombre, lo bello, lo que crece y engrandece.
Talento Natural:
Es mente de pensamiento amoldable. Se expresa como pensador liberal y fácil de congeniar, muestra facilidad para dar forma grata a las creaciones de una imaginación siempre fecunda. Recibe aumento en las empresas que requieren de gusto artístico, destreza en la coordinación y ejecución y cierto humor e idealismo en el logro de los resultados. Ama las cosas del amor, del honor y de la familia.
Podría destacar en profesiones como orador, escritor, actor, pintor, músico, humorista, hostelero, comediante, estilista o comerciante.
Naturaleza emotiva y coincidente. Se expresa por medio de lo ideal, lo genial y lo causal. Ama la experiencia, el saber y la evidencia. Le gusta sentirse retribuido.
Naturaleza Expresiva:
Se amolda a todo. Se expresa en la jovialidad, la amenidad y la prodigalidad. Ama la dignidad y el renombre, lo bello, lo que crece y engrandece.
Talento Natural:
Es mente de pensamiento amoldable. Se expresa como pensador liberal y fácil de congeniar, muestra facilidad para dar forma grata a las creaciones de una imaginación siempre fecunda. Recibe aumento en las empresas que requieren de gusto artístico, destreza en la coordinación y ejecución y cierto humor e idealismo en el logro de los resultados. Ama las cosas del amor, del honor y de la familia.
Podría destacar en profesiones como orador, escritor, actor, pintor, músico, humorista, hostelero, comediante, estilista o comerciante.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Solo para que lo sepan.-
No me gusta cerrar caminos y me encantan los amaneceres. Tengo cierto rencor a la gente que cierra puertas sin preguntar, o que nunca intenta abrirlas.
Y cierta envidia, tal vez, a los que transitan varios caminos a la vez.
Admiro a la gente que es abierta de mente, de corazon y de espiritu pero que tiene una formacion moral y de valores y principios propia, fuerte pero flexible.
Me gusta la gente que comparte sus experiencias y que no arma estrategias para hablar con otras personas, la gente que se da entera.
Me gusta salir a caminar y sentirme viva. Me gusta sentir el viento que me desacomoda el pelo. Me gusta acomodarme el pelo.
Me gusta hablar de todo con todos, me gusta poder decir las cosas sin reservas, me gusta dibujar, pintar y escribir. Me gusta que la gente se sienta identificada.
Me gusta, a veces, estar indefensa.
Me gusta vivir. Me gusta vivir mi vida.
Y cierta envidia, tal vez, a los que transitan varios caminos a la vez.
Admiro a la gente que es abierta de mente, de corazon y de espiritu pero que tiene una formacion moral y de valores y principios propia, fuerte pero flexible.
Me gusta la gente que comparte sus experiencias y que no arma estrategias para hablar con otras personas, la gente que se da entera.
Me gusta salir a caminar y sentirme viva. Me gusta sentir el viento que me desacomoda el pelo. Me gusta acomodarme el pelo.
Me gusta hablar de todo con todos, me gusta poder decir las cosas sin reservas, me gusta dibujar, pintar y escribir. Me gusta que la gente se sienta identificada.
Me gusta, a veces, estar indefensa.
Me gusta vivir. Me gusta vivir mi vida.
Claves secretas:
Ella canta algunas frases,
La niña de los ojos profundos
martes, 2 de febrero de 2010
El recolector de estrellas
Del verano admiraba el azul del cielo,
Y que a la noche tenía despejado el camino,
Mientras las juntaba una a una silbando sereno
No imaginó nunca trabajo más digno.
En función del tamaño las juzgaba pequeñas,
Medianas, grandes y aun aquellas
Que no fueran perfectas y retorcidas,
Así las amaba el recolector de estrellas.
Subía al cielo a reemplazarlas,
Y se quedaba cuidando de las enfermas,
Hasta que sanaran completamente
Y él tornara al cielo a devolverlas.
Las limpiaba a veces con rayos de luna,
Las tocaba cauto ante tal fragilidad,
Les cantaba siempre alguna canción de cuna
Hasta que durmieran en la inmensidad.
Y así cada noche, eterno y discreto
Recogiendo estrellas por todo el camino,
Mientras con ellas jugaba sereno
No imaginó nunca trabajo más digno.
Claves secretas:
La vida de este lado del charco,
lo cotidiano,
los grandiosos
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