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jueves, 22 de noviembre de 2012

Loa a las Palabras.



La palabra es un instrumento. Como un pincel. Como una paleta de pinturas con óleo o acrílico seco reposando en la superficie. Un lienzo, en cambio, no es un instrumento sino un destino, un propósito, un objetivo. De la misma forma lo es un discurso. Una verdad esperando a ser dicha, una idea esperando a ser pintada en el aire y llegar al espíritu. Una verdad que necesita de palabras, de la misma forma que una obra de arte plasmada en un lienzo necesita de pinceles y una paleta de colores.

Aunque está muy afianzada la idea de que una imagen vale más que mil palabras, dos palabras bien escogidas valen más que mil imágenes; de qué otra manera se explica que haya libros que nos lleven a las lágrimas, que existan discursos que arenguen mansas masas a pelear una guerra, que sean palabras las que conformen dichos que perduran años, décadas, siglos. ¿De qué manera se explica que una palabra, una sola, haya hecho que Marta-Isabel recupere toda la esperanza en el porvenir? ¿No fueron sino las cartas falsas del nieto lo que mantuvieron viva a Eugenia?[1] Y aun volviendo a la no ficción, porque muchos gustan de despreciar este hermoso género, ¿de que otra forma sino a través de las palabras nos hubiera dicho Rodolfo Walsh que perdamos el miedo? 

La palabra tiene el sentido que le damos, y la función que le atribuimos. Muchas palabras pueden arengar a un pueblo hacia una lucha ciega, multitudes envalentonadas contra “los otros”, discursos que exacerban la xenofobia, el odio, el desprecio, el desasosiego de una sociedad entera para que se levante. Otras palabras pueden calmar, pueden serenar muchedumbres enfervorizadas y coléricas, pueden sosegar una horda hambrienta de venganza. Y no dejan de ser solo eso: palabras. Instrumentos.

Pero son palabras transformadas, palabras cuya definición no comienza con un “dícese de” sino que contienen corazón en sí mismas, en cada una de ellas, en cada pronombre, en cada adjetivo, en cada sustantivo y ¡por Dios! ¡En cada verbo!. Porque ese fetichismo que le atribuimos a las palabras vivas no está tan alejado de la realidad, porque cada palabra es la persona que la pronuncia, que la transforma, que la revive, que la hace renacer. Y cada palabra también y a su vez transforma, revive y hace renacer a la persona que la pronuncia ante los ojos de los demás. 

Y puede que esa seducción que nos producen las palabras –a veces más que las personas- sea lo que nos lleva cada día a no enmudecer. Y puede ser que Alejandro Casona haya encontrado estas u otras razones cuando renombró al Amor como La tercera palabra.


[1] Personajes de Los árboles mueren de pie. Alejandro Casona 1964


miércoles, 21 de marzo de 2012

(1310) A Ella no le gustamos los universitarios.

Hoy terminé concluyéndolo: A este gobierno nacional no le gustan los universitarios. De ninguna orientación política, ni siquiera sus propios militantes. A ellos les sonríen vagamente pero no les dan mucha bola porque son eso, universitarios.
"Para hacer kilombo tenemos a los que no estudian, para hacer defensas estúpidas frente a las cámaras tenemos a los graduados" dicen ellos. A los universitarios no nos dan bola.
¿Por qué? Porque somos una "minoría de elite" que decidió superar las expectativas de un estado que pretende ser de Bienestar sin olvidar los negocios, sin rozarle un pelo al socialismo, porque en general rechazamos el plan de finalización del secundario que ellos nos ofrecieron regalar muy amablemente al terminar en tiempo y forma el secundario, porque somos los "hijos de los 90", porque nos formamos para ser "mejores que los demás", porque, seamos lo que seamos, alguna vez vamos a trabajar para un "corpo" y ¿qué pasa si esa corpo no los favorece a ellos? pero sobre todas las cosas, a la mayoría de nosotros nos cuesta tragarnos los slogans. Existe en nuestro vocabulario la palabra DEBATE. Existe en nuestro entendimiento el diálogo, la curiosidad científica, el valor de las ideas, el sentido de sociedad, de comunidad y no de individualismo, como intentan hacer notar. Nosotros queremos ser mejores, es cierto, pero no mejores que los demás: Queremos ser mejores que nosotros mismos para fomentar el desarrollo en un país tan grandioso como es este en el que vivimos. Queremos un futuro mejor para todos, no sólo para nosotros mismos, tenemos ideas. ¿Es eso lo que tanto miedo les da?
Todos los planes "lalala para todos" no es más que un mero intento por tener la pobreza (y digo pobrecia porque el para todos quiere decir para todos los que conformen la franja de pobreza, no tengan obra social, no tengan ingresos más que los que por subsidios o tranferencias otorgan ellos.) regulada, controlada, tabulada y registrada en un sistema nacional al que poco le importa de donde vengas o hacia donde quieras ir, con tal de que se quede quieta esa franja. Es decir, mientras la situación de la franja regulada, controlada, tabulada y registrada no mejore ni empeore, pero que tampoco se mueva, tampoco genere una inquietud de mejorar por sí misma sus condiciones de vida, de trabajo, de estudio, de salario, mientras no quiera pertenecer a organizaciones sociales que no pueden ser compradas, si es que tiene algún interés, mientras siga mirando Tinelli a la noche y al día siguiente la seguidilla de repetidoras, mientras siga comprando Paparazzi, Caras, Pronto (esas revistas muy de los 90, que muestran un lifestyle too rich and too famous, de los muertos de hambre que son los especímenes que muestra la tv argentina),  mientras puedan seguir tragándose los discursos de mentiritas de un grupo de impresentables pagados para tal misión, mientras el interés político se centre solo en ese día de las elecciones, ir, llevar la boleta armada (esta parte, sépalo ahora, es una de las más importantes del sistema electoral argentino), volver a su casa, prender la tele digital abierta libre y gratuita en el lcd, y escuchar que su voto fue parte de una multitudinaria montaña de votos que protegen todo lo que tiene gracias a actuar como actuó, en ese sublime acto de cesión de la voluntad al mejor postor que es, en este caso, su propio sufragio, y cuando el dirigente barrial venga y diga vamos, que tenés que salir con banderas se calce las zapatillas, y el joggin, porque el resto es todo merchandising entregado para la ocasión (remera, gorrito, bincha, bandera) y salga a aplaudir y abuchear según sea la voluntad del carismático líder, y mientras que esa franja no sepa que lo más macabro de todo es que con ese actuar esta comprometiéndose a resguardar la seguridad del status quo, o lo sepa vagamente y no le interese, que es en realidad lo que pasa en este momento.
Para lograr un progreso hay que generar interés en ese progreso, es como cuando a un chico se lo estimula para que lea o pinte o dibuje o haga música, o aprenda a contar con los dedos, o modele en plastilina en vez de dejarlo frente a la tele todo el día. Y todos somos chicos, políticamente hablando. A todos nos parece muy complicado el sistema, muy aburrido, inalcanzable. Entonces yo planteo, si a esa gente, a esos chicos que no fueron estimulados hasta ahora, encontraran alguna forma de hacer política todos los días, de ver que no deberían existir niveles sociales estratificados con vidrios blindados en el medio imposibles de traspasar donde en unos se trabaja para vivir y en el otro se gestan las decisiones más oscuras, guiadas por quien sabe que intereses -y a quién le importa ¿no? si total el que trabaja para vivir va a seguir en esa faena, a veces trabajando más duro, a veces menos- se podría ver una solución conjunta, buena para todos, igualmente buena para todos, que de eso se trata la igualdad de oportunidades.

Yo creo que podemos ser un gran NOSOTROS. Nos quieren hacer ver que la Argentina está dividida en sectores que son mutuamente excluyentes, y no quieren que abramos los ojos porque vamos a ver que el único camino al acuerdo es el dialogo. Y humanizar al prójimo no es parte del plan del gobierno nacional. Es más, se centra en todo lo contrario, en demonizar esa "cosa" que es la "opo", esas diabolicas organizaciones que son las "corpo" e intentar intensificar las diferencias y convertirlas en barreras insuperables en vez de buscar el consenso, el diálogo, el acuerdo, el debate.

Yo aun creo en la política honesta. Por eso en el 2015 mi voto va para Hermes Juan Binner. Porque soy la sangre joven del FAP y porque mi compromiso no se termina al meter el voto en la urna.


***
Volviendo a lo de las "corpo", odio esa moda de acortar las palabras para sonar más cool. Se le adelantaron unos años, viejo, pero no engañan a nadie. Es como escribió Orwell en 1984, una triquiñuela psicológica: "Incluso en las primeras décadas del siglo veinte, las palabras y frases abreviadas habían sido uno de los rasgos característicos del lenguaje político y era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era más marcada en países y organizaciones totalitarias.(...) Al principio esta práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua [el idioma oficialista de Londres en la novela] se utilizaba con un propósito consciente. Habían observado que abreviando un nombre se estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayoría de asociaciones de ideas que de otra manera habría mantenido. Las palabras Internacional Comunista, por ejemplo, evocan la imagen polifacético de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern, por otro lado, sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una doctrina concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en su propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos momentos."

domingo, 11 de marzo de 2012

Que el gato te seque a meadas los malvones.-

 Lazos de Familia - Julio Cortazar.

Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.

Modelos de tarjetas: «Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo». «Te escupo en el tejido, Josefina». «Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita». Y así consecutivamente.

La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va colocando con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. «Pobres ángeles, cuántas postales me mandan», piensa la tía Angustias, «ésta con la vaquita, ésta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores», mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas vaya a saber por qué.

viernes, 9 de marzo de 2012

Martín Caparrós, un genio.

Voy a hacer algo que nunca hago: citar gente textualmente. Un copypaste brutal pero así es como me siento y nada pudo describirme hasta este momento. Los dejo de la mano de un gran genio.
Martín Caparrós nació en Buenos Aires en 1957, es escritor y periodista y obtuvo los premios premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011. La nota se publicó en el blog que él tiene en el espacio de blogs de ElPaís.com, "PAMPLINAS" y es un hermoso intento de saltearse la censura, lo políticamente incorrecto y las cómodas y rapidas ofensas de la gente hipersensible, al día de hoy, el 90% de Argentina. Total, es un blog, y ya dijeron que NADIE NOS LEE. Martín, lo reafirmo: Sos un genio.

Yo, gorila cipayo zurdito mercenario

Por: | 08 de marzo de 2012
Abandono-perros-animales-2
Hoy voy a escribir sobre algo que no tiene por qué importarle a nadie: yo. Y voy a ser, por una vez, muy franco: no sé qué hacer. Me siento, como pocas veces en mi vida, pegajoso, incómodo, entrampado. Enredado en una situación donde no sé qué hacer.
La síntesis es casi fácil: me veo en medio del fuego que se cruzan los sectores más poderosos del país. Por un lado, los ricos nacionales e importados que siempre disfrutaron la economía de la Argentina; por otro, la máquina peronista setentona –ya va a cumplir setenta años– que controla desde hace tanto su política.
Suelen estar aliados, y todavía mantienen muchas lazos. Pero ahora se ladran porque el peronismo quiere recuperar parte del poder del Estado y algunos de los más ricos están tan mal acostumbrados que no quieren soltar nada –y arguyen, con cierta razón, que ese poder del Estado no se usa como debería.
En cualquier caso los dos bandos –con sus matices y sus diferencias internas, por supuesto– coinciden en querer presentar la realidad como si ellos fueran todo, lo único que hay: a ambos les sirve pretender –tácita, enérgicamente– que sólo se puede discutir entre esas dos formas –no muy distintas– de administrar el capitalismo de mercado. A ambos les conviene postular que todas las posibilidades del presente y el futuro argentinos se reducen a ponerse del lado de Clarín y las cerealeras y ciertos bancos o del lado de Fernández y las mineras y contratistas y otros amigos de lo ajeno. A  ambos les sirve proclamar que si no estás con uno de ellos estás con el otro –de ellos. Mecanismo que llega a la cumbre en el argumento peronistacéntrico de que si uno critica ciertas medidas oficiales está haciendo lo mismo que Morales Solá, Grondona, Spichicucci. Que todos los que están contra mí son la misma mierda es una vieja táctica de cualquier poder: unificar para descalificar en masa. El kirchnerismo, obediente, la aplicó: esa idea de que existe tal cosa como “la oposición” es uno de los logros de su aparato relator. No hay ni tiene por qué haber una; son proyectos muy distintos, y oponerse no debería definirlos. Ya lo quisiera el ínclito gobierno, pero su sombra no es tan larga: no alcanza para hacerme pensar con Alfonsín o Macri o De Narváez o Binner. Yo no quiero estar con unos o con otros –porque no estoy con ninguno de ellos–, y no resulta fácil.
                                                           *                    *                    *
Es cierto que a veces parece que criticara más al gobierno peronista que a los grandes ricos tradicionales y sus pobres representantes políticos. Supongo que hay razones. Por un lado, es el gobierno el que produce la mayor parte de los hechos sobre los que se puede pensar y/o decir algo; pero además no necesito, como otros, sobreactuar la crítica a la corpo o la opo o la derecha en general porque no acabo de empezar a hacerla. Llevo –a diferencia de muchos kirchneristas– años y años en ese menester. De algún modo la doy por sobreentendida: la he dicho tantas veces, y la distancia me parece obvia. Con el gobierno no es lo mismo, porque a menudo dicen cosas que yo podría suscribir; el problema es lo que hacen.
Entonces, a veces, por mis críticas al gobierno, la derecha no presidencial me cree disponible y me ofrece espacios, alianzas que no quiero. No quiero firmar solicitadas con las plumas tradicionales de los grandes diarios, no quiero pedir libertad de prensa para los que nunca la respetaron ni legalidad para los que siempre se la pasaron por el forro, no quiero reclamar garantías jurídicas para los “inversores” ni libertades para los “mercados”. Envidio a quienes saben en qué “valores democráticos” basan sus amonestaciones. No son los míos. Por eso no quiero, siquiera, que mis críticas puedan asimilarse a esos sectores, y no siempre lo consigo. No sé si prefiero el insulto abusivo al aliento de quien creo lejano. Es cierto que en el bando de los que más me pelean tengo muchos amigos y, en principio, más coincidencias que en el de los que a veces me halagan. Hay tardes en que eso me hace preguntarme si estoy equivocado. Me lo pregunto, lo pienso; creo que no.
(Una de las grandes confusiones de estos tiempos confusos, sin metas ni proyectos, es aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos; con ese silogismo siniestro algunos nacionalistas argentinos y casi peronistas se sintieron muy cerca de Adolf Hitler; con el mismo, el partido comunista se alió con el embajador americano contra Perón en 1946.)
Me siento, en síntesis, atrapado entre los que hablan de justicia y se dedican a acumular podercito, y los que los atacan en nombre del respeto a las instituciones; los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que pelearon contra el capitalismo y los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que inventaron el capitalismo y lo reinventan con cada cierre del mercado.
                                                           *                    *                    *
Pero tampoco debo -ni puedo- hacerme cargo de lecturas, decisiones ajenas. Un tipo me dice en tuiter “sabelo, los que te leen ahora no son los mismos que te leían antes”. Sé que en casos es así y, de algún modo, lo siento: a veces lo siento. Pero no por eso dejo de creer que sucede porque muchos de esos “que me leían antes” se entregaron a –seamos piadosos– los cantos de sirena oficialistas. Claro que me gustaría que me siguieran leyendo; sin duda no me gustaría hacer lo que tendría que hacer para eso: no lo haría.
Como triste consuelo me aparece la idea de que muchos de los que ahora me putean van a decir, en unos años, ah tenías razón –como pasó otras veces, disculpen que lo diga: son esas cosas que uno no debe decir, pero lo creo. Mientras tanto algunos pelandrunes resultamos un grupito –patético– de iluminados de segunda: gente tratando de que más gente se dé cuenta de lo que creemos saber. Que cuando choca un tren o dictan leyes antiterroristas o reprimen a los pobladores de Famatina y Tinogasta decimos ves, yo te lo dije, eso es lo que es este gobierno; que cuando sale en los diarios que la Gendarmería nos espía o que el vicepresidente hace negocios turbios o que la presidenta descalifica a los maestros nos sonreímos pensando y ahora qué van a decir y nos da, dentro de la preocupación, un trocito de gusto culposo. Es una mierda, y es una sensación que ya conozco: ahora todos cuentan los noventas como una larga cruzada unánime, esos tiempos en que estábamos todos unidos contra Menem porque “estar contra Menem era fácil”; se olvidan –intentan olvidar, que es la primera condición de su Memoria– de que éramos muchos menos que todos: los apoyos, los números del peronismo en el poder eran más o menos los mismos que ahora, e incluían, sabemos, a buena parte del aparato gobernante. Supongo que dentro de diez años también la van a contar así. Y no lo digo –espero– por puro delirio: estoy convencido –modestamente convencido, si esto es posible– de que así será. Pero, mientras tanto, es duro.
                                                           *                    *                    *
“Lo bueno que yo le veo a este gobierno es que si lo corren por izquierda, responde”, dijo un comentarista de este blog, y preguntó: “¿Qué posición tomará Caparrós si en el inicio de las sesiones Cristina decide mandar un proyecto de regulación, estatización y nacionalización de la explotación minera? ¿Apoyará la medida, o se quejará porque no se hizo antes?”. “Cristina”, sabemos, no lo hizo, pero la pregunta era buena por pertinente, porque este gobierno suele tomar tarde medidas con las que yo habría estado de acuerdo. Y me gustaría poder contestarla por la positiva: ah, por fin, qué suerte. En cambio tiendo a contestar por la suspicacia: ¿por qué, si durante tantos años hicieron lo contrario, ahora hacen esto? ¿Qué se esconde? Es triste pero puedo, faltaba más, justificarme: enunciar distintos casos en los que medidas que me parecían deseables dieron resultados perfectamente indeseables.
Mi relación con este gobierno peronista puede sintetizarse en muy pocas palabras: tras nueve años de mirarlos de cerca no creo que sean de izquierda, no creo que quieran una sociedad como la que yo querría; creo que están tratando de emprolijar y hacer viable y perpetuar un orden social muy injusto. Y que, para eso, de vez en cuando toman alguna medida con la que estaría de acuerdo sino fuera porque, en general, la desnaturalizan con su práctica. No es mucho más que eso: nada grandioso, nada heroico. Pura viveza criolla. La épica posibilista de este gobierno opositor.
Creo que lo que no soporto es precisamente eso: que digan lo que podría decir pero hagan lo contrario: que desvirtúen malversen malbaraten un discurso con el que querría estar de acuerdo –y que, después de ellos, va a quedar descalificado por unos cuantos años: va a ser muy difícil volver a hablar de cuestiones tales como la redistribución de la riqueza y la igualdad, rebajadas por tanto manoseo.
Pero también sé que, como creo lo que creo, cuando analizo lo que hacen le busco las pulgas –y en general es muy fácil encontrarlas, pero mi actitud me molesta. Es cierto que estoy empeñado en ver la mitad vacía del vaso porque creo que estos señoras y señores no quieren llenarlo. Pero, más allá de mis razones, sé que mi mecanismo es reductor, mecánico, levemente injusto. Me incomoda.
Y encima debo confesar –a mi pesar, en mi contra– que cuando veo a la señora presidenta perorando con su tono cada vez más Su, riendo chistecitos internos, repartiendo ironías mal armadas, extremando la historia personal, hablando de lo linda que era la vista desde su cuarto de sanatorio del Opus Dei o llorando en los momentos indicados, no la soporto. Me irrita más allá de la razón y busco en lo que dice más pulgas, puntos flacos. Me pasa lo mismo que, últimamente, cada vez que andaba por “Palermo Hollywood”: no podía parar de compararlo con ese barrio tranquilo y amable de cuando iba a la escuela República de Cuba, años sesentas; me pasaba el paseo detestándolo y decidí dejar de ir. Pero no puedo dejar de pensar sobre lo que hace el gobierno, y lo sigo haciendo de ese modo molesto.
                                                           *                    *                    *
Me gustaría cambiarlo; no lo logro. Lo cual podría explicar la saña de los ataques kirchneristas. Eso, y que algunos supusieron, por mi historia, que sería de los suyos, y algunos incluso creen que fui kirchnerista y lo dejé; no es así: desde el principio preferí pensar en función del presente y el futuro, no de pasados míticos y relatos dudosos. En cualquier caso, me atacan con denuedo y, a menudo, me tiran con pavadas, a veces incluso por deporte, por costumbre. Ejemplo tonto de un tuit de hace unos días, de una tal selene:  “Me leí todos los diarios. Bardié a caparrós. Boludié en fbk. Me quedan aún 6 horas acá adentro del trabajo :( ”.
Alguna vez he tratado de pensarme como parece que me ven algunos  –más o menos– jóvenes –más o menos– militantes: un viejo garca que supo tener ciertas ideas o ideales, que hasta hizo alguna cosa con ellos pero ahora se entregó, capaz que por la guita, quizá porque todos claudican. Me interesa la imagen: estoy seguro de que yo mismo la debo haber aplicado a varios –aunque no recuerde uno preciso– cuando el joven militante era yo. Y, sin embargo, me veo tan lejos de esa descripción acusatoria.
Pero más lejos todavía me veo de la más frecuente: que escribo lo que escribo por mercenario y por vendido. ¿Vendido a quién? ¿Quién se supone que me paga? Nunca precisan: Magnetto, las corporaciones, la derecha, España –son casi universales. Ya que lo dicen tanto, voy a ser claro: no trabajo para ninguna empresa argentina. Mi único empleo, ahora, es este blog, donde gano mucho menos que lo que ganaba el año pasado por un trabajo semejante en Newsweek, y sólo un poco menos que un cobrador de peaje con cinco años de antigüedad. No tengo más; el resto son mis novelas, mis crónicas.
Nada me habría resultado más rentable que hacerme kirchnerista; me alcanza con ver lo mucho que ganan tantos colegas que lo hicieron. Si hay algo en mi vida que me hizo perder plata fue no apoyar a este gobierno. No sólo plata: mi vida habría sido tanto más agradable si hubiera tenido apoyos, un grupo de pertenencia, ciertas prebendas, menos insultos, la posibilidad de pensar que estaba participando de algo, la chance incluso de creer, algunas noches, que era algo que valía la pena. Si no lo hice –y no lo hago– fue porque realmente no pude –y no puedo–: porque no consigo pensar que estén construyendo una sociedad más parecida a la que yo querría, a la que creo necesaria. Es una lástima –y además me cuesta muy caro.
Por suerte, el epíteto mercenario suele venir acompañado con otro de esos que resucitaron estos últimos años: cipayo. Cipayo es una palabra fuerte, cargada de sentidos, oxidada: más allá del origen, que casi nadie conoce, es una apelación a lo más cerril del nacionalismo. Y si hay algo que me separa definitivamente del peronismo es esa careta patriotera que se ponen cada vez que quieren disimular algo –justo después de entregarle el petróleo a la California en 1952, a la Panamerican en estos años. Pero no porque sea falsa: sólo porque es nacionalista.
(Por no hablar de cuestiones como la que intenté sintetizar en un tuit que decía que lo que no soporto es que me insulten con errores de ortografía: sin la menor altura. O con esa pretensión arrasadora que ejemplifica, por ejemplo, el que me puteó porque escribí la palabra “atónito”. Era, dijo, una marca de mi altanería: usás palabras raras, papá, hablá más fácil. La burricie como política cultural es de una tristeza que recuerda demasiado al libros no –y que, por suerte, no todos los peronistas sostienen.)
                                                           *                    *                    *
Son minucias. Si los insultantes supieran cuan poco me afecta que me digan cipayo o pelotudo y cuánto, en cambio, cuando me contradicen con un argumento que merece una segunda reflexión, harían un esfuercito. Pero lo realmente malo, para mí, es que no sé qué hacer. Estoy en medio de una pelea en que no veo cómo sería ganar: una pelea entre dos grandotes que quieren cosas parecidas, y nada de lo que yo querría. Y la pelea recrudece, las puteadas vuelan, los amigos se enojan, la vida se complica, se nos va: se gastan infinitas energías en chimangos. Lo he dicho muchas veces: no estoy en contra de los enfrentamientos; creo que hay veces en que vale la pena pelearse, enfrentar: cuando algo importante está en juego. Esta vez, insisto, no lo encuentro. El gobierno peronista no va a cambiar nada decisivo en la vida de millones que lo necesitan; un eventual gobierno de su oposición boquipapa menos todavía –y no aparecen alternativas de algún peso. Por eso, tanta pelea por tan poco me parece pura pérdida.
Pero, al mismo tiempo, es lo que hay, la Argentina que toca; por eso no sé qué hacer. Me gustaría poder situarme en ese debate con una causa y pensar que lo que hago contribuye. Me gustaría compartir las convicciones de algunos amigos que te dicen que en sus doscientos años de historia la Argentina nunca cambió tanto y que estamos construyendo un país justo mientras sus jefes se llenan de oro y sus pobres votantes siguen sobreviviendo con un mendrugo universal por hijo; me gustaría aunque más no fuera compartir las de otros que defienden la libertad de expresión de los que se la guardan, las empresas que tienen el suficiente dinero como para imprimir diarios, irradiar radios, televisar programas. O, cuantimenos, pensar con los que dicen que lo que importa es la verdad y siempre buscan el mismo tipo de verdades porque es obvio que, como todos, tienen una ideología que les hace pensar que ciertas verdades valen la pena de ser impresas y otras menos. No por nada, sólo porque les interesan menos.
Una causa. Me gustaría tener una causa precisa, valiosa, valerosa: la causa popular, la causa democrática, la causa nacional, la causa justa. Pero mis causas no encuentran su lugar en el debate y no sé qué hacer y me da el desespero, y más cuando recuerdo que hay tantas personas a las que todo esto –que a algunos nos parece tan central– les importa tres pitos. Entonces me siento todavía más afuera, y no sé qué es peor.
Digo: no sé qué hacer, y es mi problema. Escribir sobre política consiste en dar la impresión de que uno escribe sobre cosas que importan a muchos. Esto, en definitiva, a quién le importa.
(Aunque si usted, mi querido lector, llegó hasta aquí, es porque vio en estas palabras algo familiar, algo que lo interpela, algo que lo preocupa. La seguimos).

miércoles, 8 de febrero de 2012

Trauma Orwelliano v. II

Here comes a candle to light you to bed,
And here comes a chopper to chop off your head!

Nosotros somos todo y usted está enfermo, nosotros somos el protector y el enemigo, el estado y los traidores son obra nuestra, toda la escena está armada para que usted, con el alma corrompida y herética, caiga solo en este trampa. En palabras de O'Brien "el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el lujo, ni la longevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro. (...) El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura sólo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder. ¿Empiezas a entenderme?"

No sé que contestar a eso. Sé que el horror que acabo de leer me superó hasta límites insospechados, me colocó en una posición en la que me encuentro completamente sola. Todo lo que al principio existe de repente es una mentira afanosamente montada.
-¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
Pensó un poco y respondió: -Haciéndole sufrir.
-Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? (...) Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio."

Y finalmente, cuando no haya más emociones, cuando no podamos fiarnos de nuestro cerebro, cuando sea externo el ente que nos diga que hemos de pensar, que hemos de sentir, que hemos de ser, habremos dejado nuestra existencia en sus manos, habremos perdido nuestra existencia y ya no seremos, sino una bolsa vacía de huesos y musculos y venas que se aferran a transitar y sobrevivir. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán  destruidos. Pero siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil.

Pero yo creo, como Winston, que jamás un sistema fundado en el odio puede sobrevivir. Es una catástrofe en sí misma, es la individualidad colectiva, es el constante traicionar a los demás y lo que es peor, es el constante traicionarse a sí mismo. Algo, alguna vez los va a vecer. "El espíritu del Hombre" el hombre y la mujer que buscan, como dice Serrano, otro mundo posible.

Y qué mierda, gente. LAS IDEAS NO SE MATAN.

martes, 7 de febrero de 2012

Trauma Orwelliano

¿Que harías si de pronto la vida privada desapareciera?

El Gran Hermano, El Ojo que Todo lo Ve, el Hermano Mayor, y no hablo de la satira barata de ruptura de la intimidad que pasan por la tele tan alegremente, sino del Gran Hermano como organismo de censura sistemática de todo lo que represente peligro para el Partido. 
Si la cultura general no falla, adivinaron. Estoy hablando del libro de Orwell, 1984, libro que tengo pendiente leer desde hace rato y que ahora me enganchó, no por la manera de escribir (bien inglesa, la detesto) sino porque la historia - que considero cíclica- está bastante buena y te deja ese sentimiento de que pasaría si... y después te ponés a pensar que no estás tan lejos de eso, que hay veces inclusive que te descubrís a vos mismo, en un intento desesperado de lucha contra la inseguridad, capaz de aceptar ciegamente todas las condiciones necesarias para que ocurra. 

El libro, que es terrible, presenta a un sedicioso que no tiene puta idea de la vida pero que entiende en su razonamiento que está mal, que puede esconderse en un refugio y puede caminar casi libremente a pesar del control omnipresente que existe -si, hay incongruencias- que empieza a formar parte de un grupo que solo encuentra cohesión en una idea bastante extraña de libertad mental, como protagonista y a su compañera de amores, por así decirlo (el comienzo de su relación y la relación en sí parecen un resumen mal hecho de una relación factible) la presenta como una mujer independiente y liberada, pero que actúa tranquilamente siguiendo los procedimientos que pretende el Partido sin que le de el mínimo asco, y sin preocuparle del sistema nada que no interfiera con su propia vida. Julia y Winston entran de la mano de un miembro del Partido del Interior a La Hermandad, que así se llama la organización, para intentar corromper el sistema, de manera tal que se agriete y caiga por su propio peso. 
Las referencias historicas parciales, hasta casi personales, el chauvinismo, las similitudes casi exactas datan de una época y de una Europa en la cual todavía duele la reciente II guerra mundial y durante la cual tampoco encuentra perdón ni olvido la I, hacen que la historia encastre demasiado bien en esa época y cueste a uno hacer un paralelismo razonable con la época actual. Pero se puede.

"Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción - era ya, en sí mismo, la destrucción- de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada.
Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia." (Del Libro de Emmanuel Goldstein -personaje que emula a Trotsky-, 1984, George Orwell)

Como literatura me deja un sabor amargo en la boca, es un libro que me grita "viste, por algo no te gustan los escritores europeos e igual insistís en leerlos" y por otro lado, por el lado de la trama me dice "no será tan genial como Ensayo Sobre la Lucidez pero tiene su punto."
Recomendaría leerlo, más que como literatura, como advertencia. Como panfleto de propaganda para que esto, a través de la educación, la libertad y el interés, no pase nunca. Sea con una tiranía del capital, sea con una tiranía del socialismo, extrema derecha, extrema izquierda, tiranía burocrática, anarquía. Recordarles simplemente que todos los extremos son malos y que no existe nada más nuestro que el cerebro, y así, celosamente lo tenemos que cuidar de influencias salvajes, de censura, de represión y cultivarlo de la mano del humanismo, de la ética, del respeto.

Estoy segura de que cada uno puede encontrar un equilibrio.

viernes, 28 de octubre de 2011

Dice mi Dios.


Dice mi dios que a tu dios le preguntes
por qué te ha dejado perdido
en esta tierra de sangre cansada,
que casi no tiene mas nada que la fe.
Dios es un rebelde traicionado,
un viejo abandonado por hijos distraídos,
un loco que ha perdido sus poderes
amando a las mujeres de cada paraíso.
Dueño de un templo olvidado
un fugitivo más en la ciudad,
un tendenciero buscado
por los suburbios de la ciudad.
Refugiado en un zaguán,
compartiendo vino y pan
en un gancho de cartón dejó su corazón.

Los hombres gritan
los dioses catan
los hombres matan
en nombre de dios.
La guerra santa
casa de brujas
ciega cruzada en la multitud.
Y en el temporal agoniza mi fe
se derrumban los faros ve llorar a Dios
Y en el temporal agoniza mi fe
se derrumban los faros, ve llorar a Dios

Veo en tus claros ojos revolución
sin armas ni banderas ni religión.
Ojos claros y oscuros de tierra y miel.
con nombre de otros dioses bajo la piel,
Lejos de los engaños del mercader
legado de los templos y del poder

Veo venir otro dios, escapado de la cruz a la luz de la luz
furioso retador del poder y el deber y de los imperios de la razón.
Tengo conmigo otro dios que nació en un cantegril en el medio de mil
y que no vale más que un hombre común con su soledad tengo otro dios.
Muchos dioses, el mismo dios, llevan prendido el mismo farol
mendigando en un callejón de la indiferente civilización.

Una mujer morena suelta flores en el mar,
un hombre viejo llorando en una catedral,
un peregrino en el desierto de la humanidad,
un hombre santo rodeado por la soledad,
con sus preguntas sin respuestas van a transitar
por los caminos que llevan a un mismo lugar.

A la tierra de los hombres zarparemos
el destino verdadero
a los vientos de la libertad.
Al urgente firmamento de los pobres
un planeta que se esconde,
que tendremos que buscar.

Cada uno con su alma y cada cual con su fe,
con su trago de esperanza sin que nos pese la piel.
Como cada ser humano haya aprendido a vivir
al compás del lado izquierdo como un porfiado candil

En un barco velero, cargado de estrellas los hombres de arena
van buscando la tierra prometida y ajena.
Navegantes eternos de cielos antiguos y mares lejanos
con la fe como escudo prendida en los huesos la sangre en las manos.
traspasando la vida como un juego inmortal

Cada uno con su alma y cada cual con su fe
con su trago de esperanza sin que nos pese la piel

Soy un ciudadano disfrazado de inmortal
cambio de planeta en un camión de celofán
otro ser humano en el espejo del carnaval.
Se desploma el telón de la bacanal
es la eterna función de la humanidad
no hay más adiós, no hay más final
es siempre el comienzo
los hombres partiendo y volviendo a llegar.

Agarrate Catalina 2007

Otro mundo posible.


¿Como será la verdad mirada de otro lugar
¿Cómo es la otra mitad del mapa del bien y el mal? 
¿Cómo es la cara exterior del muro de lo que soy? 
¿Quién fue que me encadenó a mi absoluta razón? 

Una prisión tras de las banderas, una canción presa en las fronteras. 
Un corazón ciego en la pelea. Una ilusión muerta en las trincheras.

Hijos de la procesión hurgando en un callejón, 
el humo de un pabellón que el viento ya destrozó...

Una prisión tras de las banderas, una canción presa en las fronteras. 
Un corazón ciego en la pelea. Una ilusión muerta en las trincheras.
Distintas luces, una misma claridad, distintas voces, una sola humanidad.

Un ser humano inmensamente solo alumbrando como puede, con la pobre luciecita remendada de su fe, la gigantesca nada. 
El mundo hostil, doloroso, intraspasable, bajo el aire que, como se sabe, es cada vez menos amable.

Un ser humano inmensamente solo aferrándose a la idea, reclamando la posibilidad, suplicando la existencia de un algo, de una fuerza, de una calma que los ayude a seguir, que los ayude a explicar lo inexplicable, que los ayude a dormir, y después a despertarse, y después a cambiar.

Un ser humano inmensamente solo alumbrando como puede, con la pobre luciecita remendada de su fe y preguntándose a los gritos, dónde esta y cuál es su verdadero dios.

Agarrate Catalina, 2007.

jueves, 21 de abril de 2011

Baila, baila, Zarité, que el esclavo que baila es libre... mientras baila.

Hace poco terminé de leer -tras arduos esfuerzos, no lo niego- el libro de Isabel Allende, el último, "La Isla Bajo el Mar." Hablaba de las colonias francesas/españolas/norteamericanas en la época de la caída de la monarquía, la revolucion francesa de 1789 y la asunción de Napoleón al trono, y los cambios que se produjeron particularmente en esas colonias, Haiti y Saint-Domingue.
En el marco de la vida de una esclava doméstica, Zarité Sedella, se desarrollan una serie de hechos que condicionan su vida: una revolución de esclavos al mando de diferentes lideres, donde se va el amor de su vida, Gambo La Libertè, con el ejercito del general Toussaint-Louverture, (cuyo legado es el haber sentado las bases para la erradicación definitiva de la esclavitud en Haití y posteriormente, a consecuencia de ello, en el mundo entero), la quema de plantaciones, la vida clandestina, las negociaciones y traiciones, la asquerosa estratificación de clases sociales por mezcla negra en la sangre. Los esclavos de las plantaciones luchaban por la libertad, y a su lucha sumaban el rencor por haber sido mancillados y humillados, por lo que eran crueles en extremo con los que un día usaron el látigo contra ellos. Por supuesto, relatado muy al estilo de la peruana, tres relaciones sexuales explícitas cada dos páginas. Pero la idea está: Sentar las bases para abolir una injusticia. 

Está bueno, yo diría que es un 68% recomendable.
Sigue siendo Isabel Allende, no esperaba mucho, pero hay un concepto que me va a quedar para toda la vida. Les regalo el libro.

lunes, 24 de enero de 2011

El país de la Geometría

 Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?
El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.
Jo jo jo jo jo,
una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas.

Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.

Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo,

sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero... le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.

El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían...

Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.

Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.

Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:

–¿Y para que sirve esa flor, señor Rey?

–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!

El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.

Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:

–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?

–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!

El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.

Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:

–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?

–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor!

La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.

Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.

–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.

–Ni rastros, Majestad.

–¿Y qué diablos encontraron?

–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.

–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios).

–¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!

Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:


Sin la flor redonda no.

Jo jo jo jo jo.


Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.

En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.

El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:

–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?

–¡Bah, bah!... –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.

–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.

–Tonto, retonto, mañana partimos.

A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.

Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.

La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.

Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.

–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.

Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.

Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.

–Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?

Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:

–Y bueno, probemos: la la la la... Y cantó y bailó un poquito.

Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto. Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

María Elena Walsh.

martes, 14 de septiembre de 2010

Labrad, amigos, de piedra y sueño en el Alhambra, un túmulo al poeta.-



Bodas de Sangre
Acto tercero
Cuadro primero
¡Calla! 
Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!
 
¡Calla, digo!
 
Con los dientes,
con las manos, como puedas.
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
 
Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
 
¡Pero ha de ser a la fuerza!
 
¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
 
Yo las bajé.
 
¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
 
Yo misma. Verdad.
 
¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
 
-¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

-¡Ay qué sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
ya toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.

-Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.

-Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas.
Desnuda, mirando al campo,
como si fuera una perra,
¡porque eso soy! Que te miro
y tu hermosura me quema.

-Se abrasa lumbre con lumbre.
La misma llama pequeña
mata dos espigas juntas.
¡Vamos!

                -¿ Adónde me llevas ?

-A donde no puedan ir
estos hombres que nos cercan.
¡Donde yo pueda mirarte!

-Llévame de feria en feria,
dolor de mujer honrada,
a que las gentes me vean
con las sábanas de boda
al aire como banderas.
-También yo quiero dejarte
si pienso como se piensa.
pero voy donde tú vas.
Tú también. Da un paso. Prueba.
clavos de luna nos funden
mi cintura y tus caderas.
 
¿Oyes?
 
Viene gente.
 
¡Huye!
Es justo que yo aquí muera
con los pies dentro del agua,
espinas en la cabeza.
Y que me lloren las hojas.
mujer perdida y doncella.
 
Cállate. Ya suben.
 
¡Vete!
 
Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!
 
¡Los dos juntos!
 
¡Como quieras!
Si nos separan, será
porque esté muerto.
 
Y yo muerta.
 
Uno de los libros que más me marcó estaba escrito por la pluma del mismísimo Federico, el poeta de Granada. Murió fusilado, por rojo, por republicano, por revolucionario, por maricón, siendo este último el peor de los delitos para los falangistas españoles.
Antonio Machado recitó su muerte con una maestría sublime en estos versos:
"Se le vio caminando entre fusiles por una calle larga; 
salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada.  
Mataron a Federico cuando la luz asomaba
El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! 
Muerto cayó Federico —sangre en la frente y plomo en las entrañas— 
Que fue en Granada el crimen, sabed, ¡Pobre Granada! en su Granada" 
Ese muerto, enterrado en una fosa común, compartiendo sangre y tumba y túmulo, y sueños con por lo menos cinco idealistas más es el compositor de tan hermosa música recitada, de tan hermosos versos teatrales, de tan hermoso amor enamorado.
Hoy estoy Lorquiana, no es raro, lo raro es que todavía no haya hecho un homenaje como Dios Manda a mis muertos -en palabras de Gabriel Celaya-. Bah, si, empecé con La Negra, porque el epitafio tan sentido al maestro de Portugal no cuenta como homenaje merecido.
Uno de estos días me voy a encargar de él.

A todos, GRACIAS POR LEERME. Yo se que por ahí me corto sola, conozco mi caracter y sé que soy algo forra, que me cuelgo y no paso a devolver saludos por sus blogs, o por ahí paso y no comento porque no siento que tenga algo importante para decirles. Aun así, gracias por leerme, por opinar y comentar con críticas constructivas que tan bien me hacen. Gracias por interesarse, por darme una oportunidad, por leer a mis maestros de la infancia y de la vida. 
Gracias por estar del otro lado, chicos. Mil gracias.

Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!
 
Mechi.-

lunes, 30 de agosto de 2010

A maior flor do mundo.-



Que bonito sería sentir el mundo de esa manera, que lindo es poder erguirse más allá de todo, "más allá del mal, de las caídas", para ser lo que debas ser, o no ser nada. Qué linda la libertad y la esperanza, que linda es la vida, y qué pena dejarla.

¿Y si los libros infantiles fueran de lectura obligatoria para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que desde hace tanto tiempo venimos enseñando?
¿Tendríamos la fortaleza de defender nuestros ideales, sin revoluciones, sin sangre?
¿Estaríamos a la altura de las circunstancias cuando nos toque defender al otro?
¿Seríamos por fin felices si algun día nos animamos a serlo?

¿Creeríamos de verdad que lo escencial es invisible a los ojos?
¿Podríamos reconocer una rosa, la única rosa del mundo para nuestros ojos cuando está rodeada de miles casi iguales?
¿Podríamos caminar tranquilos por el sendero de la verdad y pasar una temporada suficiente en el castillo del silencio para poder quitarnos la armadura?

¿Qué tan capaces seríamos de ser honestos con nosotros mismos y con los que nos rodean?



José Saramago, nos dejaste un mundo entero por cambiar ...
y el corazón escrito en tinta y sangre.

sábado, 14 de agosto de 2010

Las lides de mi padre.-

Siempre me sentí identificada con los próceres que nos enseñaban en la primaria. Me parecían -y algunos hoy me siguen pareciendo- tipos excepcionales, de los que se dan muy pocas veces. Humanos que, sin embargo, supieron burlar en ciertos momentos de su vida el egoísmo del que padecemos por naturaleza, para tender, en cambio, un manto de virtud sobre ellos y sus leyendas.

Así puedo nombrar a Belgrano, uno de esos tipos honrados que van por la vida trabajando desinteresadamente por su patria (¿conocen alguno así?), a Martín Miguel de Güemes, que armó pseudo ejércitos para defender al alto perú de las invasiones españolas, a Urquiza, un hombre visionario, tenaz y con una fuerza de voluntad increible, Rosas, que a pesar de ser en El Matadero (lectura obligatoria en la secundaria) el malo de la película, fue un barbaro que tenía bastante conciencia de unidad nacional. Puedo nombrar tambien a Moreno, una persona inspiradora para mí: Encarna el punk-no-future-patriótico que todos quisimos ser alguna vez; era joven, -murió joven-, terco, apasionado, revolucionario, inteligente y muy leído. Les cerraba el orto a todos los viejos chotos conservas de la época, ejmmm, perdón; puedo nombrar a Simón Bolivar, otro enfermo belicoso que hubiese amado que latinoamérica tuviera conciencia de ser una sola, una solita, toda una patria, una patria hermana. Ver que las diferencias culturales no fueran problemas para el cariño, el sentimiento de unidad que deberían poseer las Provincias Unidas con las que él soñaba.

Me explayé. En realidad quería hablarles sobre mi extraordinario cariño hacia San Martín.
Hacía José de San Martín.
Por ahí puede ser porque su hija y yo tenemos casi el mismo nombre, gracias al Barba me llamo Ana y no Tomasa, pero siempre lo sentí como un padre. Como el padre de la patria.
Pero como un padre humano, no como el de los uniformes ostentosos y las patillas de prócer. Un padre que de verdad amaba a sus hijos, que de verdad daría la vida por ellos.
Creo que no hay nada que lo describa mejor que las máximas que legó a su hija Mercedes, y creo que serían aplicables a nosotros como sociedad.

«Máximas para mi hija Merceditas»
José de San Martín.

1. Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos perjudican. (Ponerse, basicamente, en el lugar del otro, dejar a un lado el egoísmo y entender que los que estan frente a nosotros tambien son personas.)

2. Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira. (unidas, creo, a la responsabilidad que esto conlleva. Él mismo lo dice: "La conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien")

3. Inspirarle una gran confianza y amistad, pero unida al respeto. (Poner el respeto hacia el otro y hacia uno mismo como valor primordial, estableciendo así límites de comportamiento.)

4. Estimular en Mercedes la caridad con los pobres. (Si fuera por mí, cambiaría la palabra por solidaridad, pero se entiende el contexto.)

5. Respeto sobre la propiedad ajena. (Incluye no sólo no robar, sino tambien respeto en lo más basico, levantar, por ejemplo, las deyecciones del perro de la vereda del vecino.)

6. Acostumbrarla a guardar un secreto.

7. Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones. (Es muy progre esto, de verdad. San Martín la tenía clarísima.)

8. Dulzura con los criados, pobres y viejos. (Y todo ser andante sobre la tierra, sin distinción de raza, religion* o estatus socioeconómico.)

9. Que hable poco y lo preciso. (¡Cuanta falta nos hace!)

10. Acostumbrarla a estar formal en la mesa. (A honrar a los seres queridos, o a las visitas no apareciendo quince minutos despues de empezado el almuerzo, con resaca y el pijama, sin sacarse el rimmel o la barba sin aferitar de tres días segun el caso, luciendo tremendo chupon en el cuello, en fin...)

11. Amor al aseo y desprecio al lujo. (Este tipo era... no sé, Lo díjo él mismo, en ocasión de haber donado parte de su dieta a la campaña del Cruce de los Andes: Mis necesidades están suficientemente atendidas con la mitad del sueldo que gozo.)

12. Inspirarle amor por la Patria y por la Libertad. (La mejor para lo último. Esta duodécima máxima hace referencia al sentimiento tremendísimo que sentía por el país en el que había nacido. Lo decía a sus soldados: La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuanto es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los criminales. La Patria no es abrigadora de crímenes.
La libertad, otro de los grandes valores que el recalcaba como fundamental para la vida de cualquier ser humano. Cuánto más supiera la gente, más libre sería. Él mismo lo dijo: Seamos libres y lo demás no importa nada.)

Agrego una más. "Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor cuando uno se vence a sí mismo."
Puedo explicar con esta frase por qué prefiero superarme a mí misma que competir con los demás. Creo que cuando uno se pone como objetivo mejorarse, lo de la competencia viene a ser como un obstáculo en ese camino de superación.

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