Esto que ven es Mercedes. Un ser humano de poco más de 1,60, rellenita, ojos claros de color indefinido, nada del otro mundo. Pero también resulta ser Mercedes el pedacito de tierra que pisa, la hoja de papel que garabatea, la vaporización del perfume que usa (aunque lo esté usando otra persona, aunque Mercedes cambie de perfume), cada mensaje de texto que manda. Y resulta ser también, aunque no lo crean, que Mercedes también es cada abrazo que da, cada beso que envía, cada palabra que dirige. Y cada paso que da, cada pedacito de tierra que tocan sus pies. Toda esa historia de mentira y de verdad es Mercedes. Toda esa historia en la que piensa y le da piel de gallina, le tiembla la sangre, se alegra y de desespera. Todas esas cosas que alguna vez la avergonzaron, todas esas cosas que alguna vez la enorgullecieron.
Todo eso es Mercedes.
Y un montón de cosas más que se van a dar cuenta cuando la conozcan.
Y es muy probable que a partir de ese momento ustedes también tengan un pedacito de Mercedes.
Pero no se sientan tan honrados, no es la gran cosa. Para algunos sí, para otros no.
Mi punto es que todos provocamos una reacción en cada persona. Personalmente yo tengo un pedacito de cada persona que conocí guardada. Una anecdota, algo. Y para mi es hermoso. No sé como será para ustedes.
Y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar, que de tal suerte yo todavia no terminé de callar.
domingo, 25 de marzo de 2012
Sacámela de encima!
Claves secretas:
Arráncame la vida,
la mujer del otro lado del espejo,
La niña de los ojos profundos
miércoles, 21 de marzo de 2012
(1310) A Ella no le gustamos los universitarios.
Hoy terminé concluyéndolo: A este gobierno nacional no le gustan los universitarios. De ninguna orientación política, ni siquiera sus propios militantes. A ellos les sonríen vagamente pero no les dan mucha bola porque son eso, universitarios.
"Para hacer kilombo tenemos a los que no estudian, para hacer defensas estúpidas frente a las cámaras tenemos a los graduados" dicen ellos. A los universitarios no nos dan bola.
¿Por qué? Porque somos una "minoría de elite" que decidió superar las expectativas de un estado que pretende ser de Bienestar sin olvidar los negocios, sin rozarle un pelo al socialismo, porque en general rechazamos el plan de finalización del secundario que ellos nos ofrecieron regalar muy amablemente al terminar en tiempo y forma el secundario, porque somos los "hijos de los 90", porque nos formamos para ser "mejores que los demás", porque, seamos lo que seamos, alguna vez vamos a trabajar para un "corpo" y ¿qué pasa si esa corpo no los favorece a ellos? pero sobre todas las cosas, a la mayoría de nosotros nos cuesta tragarnos los slogans. Existe en nuestro vocabulario la palabra DEBATE. Existe en nuestro entendimiento el diálogo, la curiosidad científica, el valor de las ideas, el sentido de sociedad, de comunidad y no de individualismo, como intentan hacer notar. Nosotros queremos ser mejores, es cierto, pero no mejores que los demás: Queremos ser mejores que nosotros mismos para fomentar el desarrollo en un país tan grandioso como es este en el que vivimos. Queremos un futuro mejor para todos, no sólo para nosotros mismos, tenemos ideas. ¿Es eso lo que tanto miedo les da?
Todos los planes "lalala para todos" no es más que un mero intento por tener la pobreza (y digo pobrecia porque el para todos quiere decir para todos los que conformen la franja de pobreza, no tengan obra social, no tengan ingresos más que los que por subsidios o tranferencias otorgan ellos.) regulada, controlada, tabulada y registrada en un sistema nacional al que poco le importa de donde vengas o hacia donde quieras ir, con tal de que se quede quieta esa franja. Es decir, mientras la situación de la franja regulada, controlada, tabulada y registrada no mejore ni empeore, pero que tampoco se mueva, tampoco genere una inquietud de mejorar por sí misma sus condiciones de vida, de trabajo, de estudio, de salario, mientras no quiera pertenecer a organizaciones sociales que no pueden ser compradas, si es que tiene algún interés, mientras siga mirando Tinelli a la noche y al día siguiente la seguidilla de repetidoras, mientras siga comprando Paparazzi, Caras, Pronto (esas revistas muy de los 90, que muestran un lifestyle too rich and too famous, de los muertos de hambre que son los especímenes que muestra la tv argentina), mientras puedan seguir tragándose los discursos de mentiritas de un grupo de impresentables pagados para tal misión, mientras el interés político se centre solo en ese día de las elecciones, ir, llevar la boleta armada (esta parte, sépalo ahora, es una de las más importantes del sistema electoral argentino), volver a su casa, prender la tele digital abierta libre y gratuita en el lcd, y escuchar que su voto fue parte de una multitudinaria montaña de votos que protegen todo lo que tiene gracias a actuar como actuó, en ese sublime acto de cesión de la voluntad al mejor postor que es, en este caso, su propio sufragio, y cuando el dirigente barrial venga y diga vamos, que tenés que salir con banderas se calce las zapatillas, y el joggin, porque el resto es todo merchandising entregado para la ocasión (remera, gorrito, bincha, bandera) y salga a aplaudir y abuchear según sea la voluntad del carismático líder, y mientras que esa franja no sepa que lo más macabro de todo es que con ese actuar esta comprometiéndose a resguardar la seguridad del status quo, o lo sepa vagamente y no le interese, que es en realidad lo que pasa en este momento.
Para lograr un progreso hay que generar interés en ese progreso, es como cuando a un chico se lo estimula para que lea o pinte o dibuje o haga música, o aprenda a contar con los dedos, o modele en plastilina en vez de dejarlo frente a la tele todo el día. Y todos somos chicos, políticamente hablando. A todos nos parece muy complicado el sistema, muy aburrido, inalcanzable. Entonces yo planteo, si a esa gente, a esos chicos que no fueron estimulados hasta ahora, encontraran alguna forma de hacer política todos los días, de ver que no deberían existir niveles sociales estratificados con vidrios blindados en el medio imposibles de traspasar donde en unos se trabaja para vivir y en el otro se gestan las decisiones más oscuras, guiadas por quien sabe que intereses -y a quién le importa ¿no? si total el que trabaja para vivir va a seguir en esa faena, a veces trabajando más duro, a veces menos- se podría ver una solución conjunta, buena para todos, igualmente buena para todos, que de eso se trata la igualdad de oportunidades.
Yo creo que podemos ser un gran NOSOTROS. Nos quieren hacer ver que la Argentina está dividida en sectores que son mutuamente excluyentes, y no quieren que abramos los ojos porque vamos a ver que el único camino al acuerdo es el dialogo. Y humanizar al prójimo no es parte del plan del gobierno nacional. Es más, se centra en todo lo contrario, en demonizar esa "cosa" que es la "opo", esas diabolicas organizaciones que son las "corpo" e intentar intensificar las diferencias y convertirlas en barreras insuperables en vez de buscar el consenso, el diálogo, el acuerdo, el debate.
Yo aun creo en la política honesta. Por eso en el 2015 mi voto va para Hermes Juan Binner. Porque soy la sangre joven del FAP y porque mi compromiso no se termina al meter el voto en la urna.
***
Volviendo a lo de las "corpo", odio esa moda de acortar las palabras para sonar más cool. Se le adelantaron unos años, viejo, pero no engañan a nadie. Es como escribió Orwell en 1984, una triquiñuela psicológica: "Incluso en las primeras décadas del siglo veinte, las palabras y frases abreviadas habían sido uno de los rasgos característicos del lenguaje político y era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era más marcada en países y organizaciones totalitarias.(...) Al principio esta práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua [el idioma oficialista de Londres en la novela] se utilizaba con un propósito consciente. Habían observado que abreviando un nombre se estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayoría de asociaciones de ideas que de otra manera habría mantenido. Las palabras Internacional Comunista, por ejemplo, evocan la imagen polifacético de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern, por otro lado, sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una doctrina concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en su propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos momentos."
"Para hacer kilombo tenemos a los que no estudian, para hacer defensas estúpidas frente a las cámaras tenemos a los graduados" dicen ellos. A los universitarios no nos dan bola.
¿Por qué? Porque somos una "minoría de elite" que decidió superar las expectativas de un estado que pretende ser de Bienestar sin olvidar los negocios, sin rozarle un pelo al socialismo, porque en general rechazamos el plan de finalización del secundario que ellos nos ofrecieron regalar muy amablemente al terminar en tiempo y forma el secundario, porque somos los "hijos de los 90", porque nos formamos para ser "mejores que los demás", porque, seamos lo que seamos, alguna vez vamos a trabajar para un "corpo" y ¿qué pasa si esa corpo no los favorece a ellos? pero sobre todas las cosas, a la mayoría de nosotros nos cuesta tragarnos los slogans. Existe en nuestro vocabulario la palabra DEBATE. Existe en nuestro entendimiento el diálogo, la curiosidad científica, el valor de las ideas, el sentido de sociedad, de comunidad y no de individualismo, como intentan hacer notar. Nosotros queremos ser mejores, es cierto, pero no mejores que los demás: Queremos ser mejores que nosotros mismos para fomentar el desarrollo en un país tan grandioso como es este en el que vivimos. Queremos un futuro mejor para todos, no sólo para nosotros mismos, tenemos ideas. ¿Es eso lo que tanto miedo les da?
Todos los planes "lalala para todos" no es más que un mero intento por tener la pobreza (y digo pobrecia porque el para todos quiere decir para todos los que conformen la franja de pobreza, no tengan obra social, no tengan ingresos más que los que por subsidios o tranferencias otorgan ellos.) regulada, controlada, tabulada y registrada en un sistema nacional al que poco le importa de donde vengas o hacia donde quieras ir, con tal de que se quede quieta esa franja. Es decir, mientras la situación de la franja regulada, controlada, tabulada y registrada no mejore ni empeore, pero que tampoco se mueva, tampoco genere una inquietud de mejorar por sí misma sus condiciones de vida, de trabajo, de estudio, de salario, mientras no quiera pertenecer a organizaciones sociales que no pueden ser compradas, si es que tiene algún interés, mientras siga mirando Tinelli a la noche y al día siguiente la seguidilla de repetidoras, mientras siga comprando Paparazzi, Caras, Pronto (esas revistas muy de los 90, que muestran un lifestyle too rich and too famous, de los muertos de hambre que son los especímenes que muestra la tv argentina), mientras puedan seguir tragándose los discursos de mentiritas de un grupo de impresentables pagados para tal misión, mientras el interés político se centre solo en ese día de las elecciones, ir, llevar la boleta armada (esta parte, sépalo ahora, es una de las más importantes del sistema electoral argentino), volver a su casa, prender la tele digital abierta libre y gratuita en el lcd, y escuchar que su voto fue parte de una multitudinaria montaña de votos que protegen todo lo que tiene gracias a actuar como actuó, en ese sublime acto de cesión de la voluntad al mejor postor que es, en este caso, su propio sufragio, y cuando el dirigente barrial venga y diga vamos, que tenés que salir con banderas se calce las zapatillas, y el joggin, porque el resto es todo merchandising entregado para la ocasión (remera, gorrito, bincha, bandera) y salga a aplaudir y abuchear según sea la voluntad del carismático líder, y mientras que esa franja no sepa que lo más macabro de todo es que con ese actuar esta comprometiéndose a resguardar la seguridad del status quo, o lo sepa vagamente y no le interese, que es en realidad lo que pasa en este momento.
Para lograr un progreso hay que generar interés en ese progreso, es como cuando a un chico se lo estimula para que lea o pinte o dibuje o haga música, o aprenda a contar con los dedos, o modele en plastilina en vez de dejarlo frente a la tele todo el día. Y todos somos chicos, políticamente hablando. A todos nos parece muy complicado el sistema, muy aburrido, inalcanzable. Entonces yo planteo, si a esa gente, a esos chicos que no fueron estimulados hasta ahora, encontraran alguna forma de hacer política todos los días, de ver que no deberían existir niveles sociales estratificados con vidrios blindados en el medio imposibles de traspasar donde en unos se trabaja para vivir y en el otro se gestan las decisiones más oscuras, guiadas por quien sabe que intereses -y a quién le importa ¿no? si total el que trabaja para vivir va a seguir en esa faena, a veces trabajando más duro, a veces menos- se podría ver una solución conjunta, buena para todos, igualmente buena para todos, que de eso se trata la igualdad de oportunidades.
Yo creo que podemos ser un gran NOSOTROS. Nos quieren hacer ver que la Argentina está dividida en sectores que son mutuamente excluyentes, y no quieren que abramos los ojos porque vamos a ver que el único camino al acuerdo es el dialogo. Y humanizar al prójimo no es parte del plan del gobierno nacional. Es más, se centra en todo lo contrario, en demonizar esa "cosa" que es la "opo", esas diabolicas organizaciones que son las "corpo" e intentar intensificar las diferencias y convertirlas en barreras insuperables en vez de buscar el consenso, el diálogo, el acuerdo, el debate.
Yo aun creo en la política honesta. Por eso en el 2015 mi voto va para Hermes Juan Binner. Porque soy la sangre joven del FAP y porque mi compromiso no se termina al meter el voto en la urna.
***
Volviendo a lo de las "corpo", odio esa moda de acortar las palabras para sonar más cool. Se le adelantaron unos años, viejo, pero no engañan a nadie. Es como escribió Orwell en 1984, una triquiñuela psicológica: "Incluso en las primeras décadas del siglo veinte, las palabras y frases abreviadas habían sido uno de los rasgos característicos del lenguaje político y era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era más marcada en países y organizaciones totalitarias.(...) Al principio esta práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua [el idioma oficialista de Londres en la novela] se utilizaba con un propósito consciente. Habían observado que abreviando un nombre se estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayoría de asociaciones de ideas que de otra manera habría mantenido. Las palabras Internacional Comunista, por ejemplo, evocan la imagen polifacético de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern, por otro lado, sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una doctrina concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en su propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos momentos."
Claves secretas:
Aquí no hay quien viva,
capitalismo salvaje,
Hermes Juan Binner,
La sangre Joven del FAP,
La vida de este lado del charco,
Libros que cayeron en mis manos,
revoluciones
lunes, 19 de marzo de 2012
Owl City
Tell me again, was it love at first sight?
When I walked by and you caught my eye
Didn't you know love could shine this bright?
Well smile because you're the deer in the headlightsIf life was a game, you would never play nice
If love was a beam, you'd be blind in both eyes
put your sunglasses on
cause you're the Deer in the Headlights!I'll watch the night turn light blue,
But it's not the same without you,
Because it takes two to whisper quietly,
The silence isn't so bad,
Till I look at my hands and feel sad,
Cause the spaces between my fingers
Are right where yours fit perfectly. Waist deep in thought because when I think of you.
I don't feel so alone. And I've been sleeping with the nightlight unplugged,
With a note on the rocking chair
that says I'm dreaming of the life I once loved,
So wake me if you're out there. If I was a raindrop, would you be my thunderstorm?
It's cold so surround me, with rain clouds to keep me warm
I feel like I'm falling, so darling don't let me go
The thought is appalling, but should I slip away,
into the stormy sea, will you remember me? We're both gonna wake up soon, so we hope that tomorrow brings us our butterfly wings If I was a grain of sand, would you be Miami Beach? So dusty with starlight, close your eyes and cuddle close to me I'll try not to wake you, or make a sound while you're dozing off But in the night should the high tide sweep me away from you, tell me again my dear, will you be waiting here? Whenever we leave the ground, and take to the sky I'll smile as I'm gazing down, cause I've always wondered why we won't need feathers to fly?
Claves secretas:
Ella canta algunas frases,
la mujer del otro lado del espejo,
La niña de los ojos profundos
sábado, 17 de marzo de 2012
Me Quiero Matar.
Dicho y Hecho ¿no?
Sí señores, por suerte fue una sola entrada al post, pero lastimosamente y con la sal que me caracteriza haya sido alguien que realmente me conoce en ese estado. Me quiero matar.
Tengo que dejar de tomar alguna de las veces que digo tengo que dejar de tomar... Hoy hablé con mis amigas, casi se mueren de risa con el relato. HABLE INGLÉS CON GENTE DE ISRAEL. Sí, sí. Me enseñaron a decir Shalom y Majmalá o algo parecido. Hablan con muchas jotas y ya decidí, por fin, que el Whisky me cae para el upite.
Por Dios, ¿como carajo se me va a ocurrir publicar un post en pedo? ¿Soy estúpida o que onda?
Al margen, creo que tengo una desadmisión más en mi lista. O sea, YO estoy desadmitida en el MSN de alguien más.
Victoria. Adorada Victoria.
Acordate, algun día me voy a poner en pedo y la que va a caer en mi enferma red de puteadas vas a ser vos, F.-
Sí señores, por suerte fue una sola entrada al post, pero lastimosamente y con la sal que me caracteriza haya sido alguien que realmente me conoce en ese estado. Me quiero matar.
Tengo que dejar de tomar alguna de las veces que digo tengo que dejar de tomar... Hoy hablé con mis amigas, casi se mueren de risa con el relato. HABLE INGLÉS CON GENTE DE ISRAEL. Sí, sí. Me enseñaron a decir Shalom y Majmalá o algo parecido. Hablan con muchas jotas y ya decidí, por fin, que el Whisky me cae para el upite.
Por Dios, ¿como carajo se me va a ocurrir publicar un post en pedo? ¿Soy estúpida o que onda?
Al margen, creo que tengo una desadmisión más en mi lista. O sea, YO estoy desadmitida en el MSN de alguien más.
Victoria. Adorada Victoria.
Acordate, algun día me voy a poner en pedo y la que va a caer en mi enferma red de puteadas vas a ser vos, F.-
Claves secretas:
Juro Solemnemente que mis intenciones no son buenas,
Las mejores historias me ocurren cuando estoy borracha,
lo cotidiano,
LSD para todos
lunes, 12 de marzo de 2012
1368 dias.
Nunca me sentí tan completa en mi vida. Nunca antes había sentido la esperanza golpeándome el pecho diciendo ¡La Puta Madre, estás haciendo bien en creer lo que creés! y esa, exactamente esa fue la sensación que sentí cuando salí antes de ayer del Patio de la Madera.
Hace unos meses, un arrollador 54% nos dijo que el estar de las cosas no iba a cambiar, que no había posibilidades de deshacer un tejido que, a pesar de estar muy mal hecho, estaba demasiado avanzado como para deshacerlo. Salí del cuarto oscuro feliz, era la primera vez que votaba, y mi voto - yo sentí- valía la pena. Era minoritario, sí, en realidad esperaba un milagro que no ocurrió, pero valió la pena.
Y volví a Rosario. Volví con la amargura de decir bueno, ya fue, cuatro años más de lo mismo. Y quién sabe si más. Pero volví a Rosario, no a cualquier ciudad, y me encontré con que acá la esperanza, ese 17% que movilizó despacito al país seguía vivo y con más ganas de trabajar que nunca.
Sé que existen un montón de errores que hay que corregir, pero nos quedan 1368 días para seguir aprendiendo.
Soy la sangre joven del FAP, y porque creo en la honradez política, yo sigo con toda mi convicción a Hermes Binner.
Hace unos meses, un arrollador 54% nos dijo que el estar de las cosas no iba a cambiar, que no había posibilidades de deshacer un tejido que, a pesar de estar muy mal hecho, estaba demasiado avanzado como para deshacerlo. Salí del cuarto oscuro feliz, era la primera vez que votaba, y mi voto - yo sentí- valía la pena. Era minoritario, sí, en realidad esperaba un milagro que no ocurrió, pero valió la pena.
Y volví a Rosario. Volví con la amargura de decir bueno, ya fue, cuatro años más de lo mismo. Y quién sabe si más. Pero volví a Rosario, no a cualquier ciudad, y me encontré con que acá la esperanza, ese 17% que movilizó despacito al país seguía vivo y con más ganas de trabajar que nunca.
Sé que existen un montón de errores que hay que corregir, pero nos quedan 1368 días para seguir aprendiendo.
Soy la sangre joven del FAP, y porque creo en la honradez política, yo sigo con toda mi convicción a Hermes Binner.
Claves secretas:
Hermes Juan Binner,
la mujer del otro lado del espejo,
La niña de los ojos profundos,
La sangre Joven del FAP,
La vida de este lado del charco,
los grandiosos,
revoluciones
domingo, 11 de marzo de 2012
Que el gato te seque a meadas los malvones.-
Lazos de Familia - Julio Cortazar.
Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.
Modelos de tarjetas: «Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo». «Te escupo en el tejido, Josefina». «Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita». Y así consecutivamente.
La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va colocando con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. «Pobres ángeles, cuántas postales me mandan», piensa la tía Angustias, «ésta con la vaquita, ésta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores», mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas vaya a saber por qué.
Claves secretas:
Libros que cayeron en mis manos,
LSD para todos
viernes, 9 de marzo de 2012
Martín Caparrós, un genio.
Voy a hacer algo que nunca hago: citar gente textualmente. Un copypaste brutal pero así es como me siento y nada pudo describirme hasta este momento. Los dejo de la mano de un gran genio.
Martín Caparrós nació en Buenos Aires en 1957, es escritor y periodista y obtuvo los premios premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011. La nota se publicó en el blog que él tiene en el espacio de blogs de ElPaís.com, "PAMPLINAS" y es un hermoso intento de saltearse la censura, lo políticamente incorrecto y las cómodas y rapidas ofensas de la gente hipersensible, al día de hoy, el 90% de Argentina. Total, es un blog, y ya dijeron que NADIE NOS LEE. Martín, lo reafirmo: Sos un genio.

Hoy voy a escribir sobre algo que no tiene por qué importarle a nadie: yo. Y voy a ser, por una vez, muy franco: no sé qué hacer. Me siento, como pocas veces en mi vida, pegajoso, incómodo, entrampado. Enredado en una situación donde no sé qué hacer.
La síntesis es casi fácil: me veo en medio del fuego que se cruzan los sectores más poderosos del país. Por un lado, los ricos nacionales e importados que siempre disfrutaron la economía de la Argentina; por otro, la máquina peronista setentona –ya va a cumplir setenta años– que controla desde hace tanto su política.
Suelen estar aliados, y todavía mantienen muchas lazos. Pero ahora se ladran porque el peronismo quiere recuperar parte del poder del Estado y algunos de los más ricos están tan mal acostumbrados que no quieren soltar nada –y arguyen, con cierta razón, que ese poder del Estado no se usa como debería.
En cualquier caso los dos bandos –con sus matices y sus diferencias internas, por supuesto– coinciden en querer presentar la realidad como si ellos fueran todo, lo único que hay: a ambos les sirve pretender –tácita, enérgicamente– que sólo se puede discutir entre esas dos formas –no muy distintas– de administrar el capitalismo de mercado. A ambos les conviene postular que todas las posibilidades del presente y el futuro argentinos se reducen a ponerse del lado de Clarín y las cerealeras y ciertos bancos o del lado de Fernández y las mineras y contratistas y otros amigos de lo ajeno. A ambos les sirve proclamar que si no estás con uno de ellos estás con el otro –de ellos. Mecanismo que llega a la cumbre en el argumento peronistacéntrico de que si uno critica ciertas medidas oficiales está haciendo lo mismo que Morales Solá, Grondona, Spichicucci. Que todos los que están contra mí son la misma mierda es una vieja táctica de cualquier poder: unificar para descalificar en masa. El kirchnerismo, obediente, la aplicó: esa idea de que existe tal cosa como “la oposición” es uno de los logros de su aparato relator. No hay ni tiene por qué haber una; son proyectos muy distintos, y oponerse no debería definirlos. Ya lo quisiera el ínclito gobierno, pero su sombra no es tan larga: no alcanza para hacerme pensar con Alfonsín o Macri o De Narváez o Binner. Yo no quiero estar con unos o con otros –porque no estoy con ninguno de ellos–, y no resulta fácil.
* * *
Es cierto que a veces parece que criticara más al gobierno peronista que a los grandes ricos tradicionales y sus pobres representantes políticos. Supongo que hay razones. Por un lado, es el gobierno el que produce la mayor parte de los hechos sobre los que se puede pensar y/o decir algo; pero además no necesito, como otros, sobreactuar la crítica a la corpo o la opo o la derecha en general porque no acabo de empezar a hacerla. Llevo –a diferencia de muchos kirchneristas– años y años en ese menester. De algún modo la doy por sobreentendida: la he dicho tantas veces, y la distancia me parece obvia. Con el gobierno no es lo mismo, porque a menudo dicen cosas que yo podría suscribir; el problema es lo que hacen.
Entonces, a veces, por mis críticas al gobierno, la derecha no presidencial me cree disponible y me ofrece espacios, alianzas que no quiero. No quiero firmar solicitadas con las plumas tradicionales de los grandes diarios, no quiero pedir libertad de prensa para los que nunca la respetaron ni legalidad para los que siempre se la pasaron por el forro, no quiero reclamar garantías jurídicas para los “inversores” ni libertades para los “mercados”. Envidio a quienes saben en qué “valores democráticos” basan sus amonestaciones. No son los míos. Por eso no quiero, siquiera, que mis críticas puedan asimilarse a esos sectores, y no siempre lo consigo. No sé si prefiero el insulto abusivo al aliento de quien creo lejano. Es cierto que en el bando de los que más me pelean tengo muchos amigos y, en principio, más coincidencias que en el de los que a veces me halagan. Hay tardes en que eso me hace preguntarme si estoy equivocado. Me lo pregunto, lo pienso; creo que no.
(Una de las grandes confusiones de estos tiempos confusos, sin metas ni proyectos, es aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos; con ese silogismo siniestro algunos nacionalistas argentinos y casi peronistas se sintieron muy cerca de Adolf Hitler; con el mismo, el partido comunista se alió con el embajador americano contra Perón en 1946.)
Me siento, en síntesis, atrapado entre los que hablan de justicia y se dedican a acumular podercito, y los que los atacan en nombre del respeto a las instituciones; los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que pelearon contra el capitalismo y los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que inventaron el capitalismo y lo reinventan con cada cierre del mercado.
* * *
Pero tampoco debo -ni puedo- hacerme cargo de lecturas, decisiones ajenas. Un tipo me dice en tuiter “sabelo, los que te leen ahora no son los mismos que te leían antes”. Sé que en casos es así y, de algún modo, lo siento: a veces lo siento. Pero no por eso dejo de creer que sucede porque muchos de esos “que me leían antes” se entregaron a –seamos piadosos– los cantos de sirena oficialistas. Claro que me gustaría que me siguieran leyendo; sin duda no me gustaría hacer lo que tendría que hacer para eso: no lo haría.
Como triste consuelo me aparece la idea de que muchos de los que ahora me putean van a decir, en unos años, ah tenías razón –como pasó otras veces, disculpen que lo diga: son esas cosas que uno no debe decir, pero lo creo. Mientras tanto algunos pelandrunes resultamos un grupito –patético– de iluminados de segunda: gente tratando de que más gente se dé cuenta de lo que creemos saber. Que cuando choca un tren o dictan leyes antiterroristas o reprimen a los pobladores de Famatina y Tinogasta decimos ves, yo te lo dije, eso es lo que es este gobierno; que cuando sale en los diarios que la Gendarmería nos espía o que el vicepresidente hace negocios turbios o que la presidenta descalifica a los maestros nos sonreímos pensando y ahora qué van a decir y nos da, dentro de la preocupación, un trocito de gusto culposo. Es una mierda, y es una sensación que ya conozco: ahora todos cuentan los noventas como una larga cruzada unánime, esos tiempos en que estábamos todos unidos contra Menem porque “estar contra Menem era fácil”; se olvidan –intentan olvidar, que es la primera condición de su Memoria– de que éramos muchos menos que todos: los apoyos, los números del peronismo en el poder eran más o menos los mismos que ahora, e incluían, sabemos, a buena parte del aparato gobernante. Supongo que dentro de diez años también la van a contar así. Y no lo digo –espero– por puro delirio: estoy convencido –modestamente convencido, si esto es posible– de que así será. Pero, mientras tanto, es duro.
* * *
“Lo bueno que yo le veo a este gobierno es que si lo corren por izquierda, responde”, dijo un comentarista de este blog, y preguntó: “¿Qué posición tomará Caparrós si en el inicio de las sesiones Cristina decide mandar un proyecto de regulación, estatización y nacionalización de la explotación minera? ¿Apoyará la medida, o se quejará porque no se hizo antes?”. “Cristina”, sabemos, no lo hizo, pero la pregunta era buena por pertinente, porque este gobierno suele tomar tarde medidas con las que yo habría estado de acuerdo. Y me gustaría poder contestarla por la positiva: ah, por fin, qué suerte. En cambio tiendo a contestar por la suspicacia: ¿por qué, si durante tantos años hicieron lo contrario, ahora hacen esto? ¿Qué se esconde? Es triste pero puedo, faltaba más, justificarme: enunciar distintos casos en los que medidas que me parecían deseables dieron resultados perfectamente indeseables.
Mi relación con este gobierno peronista puede sintetizarse en muy pocas palabras: tras nueve años de mirarlos de cerca no creo que sean de izquierda, no creo que quieran una sociedad como la que yo querría; creo que están tratando de emprolijar y hacer viable y perpetuar un orden social muy injusto. Y que, para eso, de vez en cuando toman alguna medida con la que estaría de acuerdo sino fuera porque, en general, la desnaturalizan con su práctica. No es mucho más que eso: nada grandioso, nada heroico. Pura viveza criolla. La épica posibilista de este gobierno opositor.
Creo que lo que no soporto es precisamente eso: que digan lo que podría decir pero hagan lo contrario: que desvirtúen malversen malbaraten un discurso con el que querría estar de acuerdo –y que, después de ellos, va a quedar descalificado por unos cuantos años: va a ser muy difícil volver a hablar de cuestiones tales como la redistribución de la riqueza y la igualdad, rebajadas por tanto manoseo.
Pero también sé que, como creo lo que creo, cuando analizo lo que hacen le busco las pulgas –y en general es muy fácil encontrarlas, pero mi actitud me molesta. Es cierto que estoy empeñado en ver la mitad vacía del vaso porque creo que estos señoras y señores no quieren llenarlo. Pero, más allá de mis razones, sé que mi mecanismo es reductor, mecánico, levemente injusto. Me incomoda.
Y encima debo confesar –a mi pesar, en mi contra– que cuando veo a la señora presidenta perorando con su tono cada vez más Su, riendo chistecitos internos, repartiendo ironías mal armadas, extremando la historia personal, hablando de lo linda que era la vista desde su cuarto de sanatorio del Opus Dei o llorando en los momentos indicados, no la soporto. Me irrita más allá de la razón y busco en lo que dice más pulgas, puntos flacos. Me pasa lo mismo que, últimamente, cada vez que andaba por “Palermo Hollywood”: no podía parar de compararlo con ese barrio tranquilo y amable de cuando iba a la escuela República de Cuba, años sesentas; me pasaba el paseo detestándolo y decidí dejar de ir. Pero no puedo dejar de pensar sobre lo que hace el gobierno, y lo sigo haciendo de ese modo molesto.
* * *
Me gustaría cambiarlo; no lo logro. Lo cual podría explicar la saña de los ataques kirchneristas. Eso, y que algunos supusieron, por mi historia, que sería de los suyos, y algunos incluso creen que fui kirchnerista y lo dejé; no es así: desde el principio preferí pensar en función del presente y el futuro, no de pasados míticos y relatos dudosos. En cualquier caso, me atacan con denuedo y, a menudo, me tiran con pavadas, a veces incluso por deporte, por costumbre. Ejemplo tonto de un tuit de hace unos días, de una tal selene: “Me leí todos los diarios. Bardié a caparrós. Boludié en fbk. Me quedan aún 6 horas acá adentro del trabajo :( ”.
Alguna vez he tratado de pensarme como parece que me ven algunos –más o menos– jóvenes –más o menos– militantes: un viejo garca que supo tener ciertas ideas o ideales, que hasta hizo alguna cosa con ellos pero ahora se entregó, capaz que por la guita, quizá porque todos claudican. Me interesa la imagen: estoy seguro de que yo mismo la debo haber aplicado a varios –aunque no recuerde uno preciso– cuando el joven militante era yo. Y, sin embargo, me veo tan lejos de esa descripción acusatoria.
Pero más lejos todavía me veo de la más frecuente: que escribo lo que escribo por mercenario y por vendido. ¿Vendido a quién? ¿Quién se supone que me paga? Nunca precisan: Magnetto, las corporaciones, la derecha, España –son casi universales. Ya que lo dicen tanto, voy a ser claro: no trabajo para ninguna empresa argentina. Mi único empleo, ahora, es este blog, donde gano mucho menos que lo que ganaba el año pasado por un trabajo semejante en Newsweek, y sólo un poco menos que un cobrador de peaje con cinco años de antigüedad. No tengo más; el resto son mis novelas, mis crónicas.
Nada me habría resultado más rentable que hacerme kirchnerista; me alcanza con ver lo mucho que ganan tantos colegas que lo hicieron. Si hay algo en mi vida que me hizo perder plata fue no apoyar a este gobierno. No sólo plata: mi vida habría sido tanto más agradable si hubiera tenido apoyos, un grupo de pertenencia, ciertas prebendas, menos insultos, la posibilidad de pensar que estaba participando de algo, la chance incluso de creer, algunas noches, que era algo que valía la pena. Si no lo hice –y no lo hago– fue porque realmente no pude –y no puedo–: porque no consigo pensar que estén construyendo una sociedad más parecida a la que yo querría, a la que creo necesaria. Es una lástima –y además me cuesta muy caro.
Por suerte, el epíteto mercenario suele venir acompañado con otro de esos que resucitaron estos últimos años: cipayo. Cipayo es una palabra fuerte, cargada de sentidos, oxidada: más allá del origen, que casi nadie conoce, es una apelación a lo más cerril del nacionalismo. Y si hay algo que me separa definitivamente del peronismo es esa careta patriotera que se ponen cada vez que quieren disimular algo –justo después de entregarle el petróleo a la California en 1952, a la Panamerican en estos años. Pero no porque sea falsa: sólo porque es nacionalista.
(Por no hablar de cuestiones como la que intenté sintetizar en un tuit que decía que lo que no soporto es que me insulten con errores de ortografía: sin la menor altura. O con esa pretensión arrasadora que ejemplifica, por ejemplo, el que me puteó porque escribí la palabra “atónito”. Era, dijo, una marca de mi altanería: usás palabras raras, papá, hablá más fácil. La burricie como política cultural es de una tristeza que recuerda demasiado al libros no –y que, por suerte, no todos los peronistas sostienen.)
* * *
Son minucias. Si los insultantes supieran cuan poco me afecta que me digan cipayo o pelotudo y cuánto, en cambio, cuando me contradicen con un argumento que merece una segunda reflexión, harían un esfuercito. Pero lo realmente malo, para mí, es que no sé qué hacer. Estoy en medio de una pelea en que no veo cómo sería ganar: una pelea entre dos grandotes que quieren cosas parecidas, y nada de lo que yo querría. Y la pelea recrudece, las puteadas vuelan, los amigos se enojan, la vida se complica, se nos va: se gastan infinitas energías en chimangos. Lo he dicho muchas veces: no estoy en contra de los enfrentamientos; creo que hay veces en que vale la pena pelearse, enfrentar: cuando algo importante está en juego. Esta vez, insisto, no lo encuentro. El gobierno peronista no va a cambiar nada decisivo en la vida de millones que lo necesitan; un eventual gobierno de su oposición boquipapa menos todavía –y no aparecen alternativas de algún peso. Por eso, tanta pelea por tan poco me parece pura pérdida.
Pero, al mismo tiempo, es lo que hay, la Argentina que toca; por eso no sé qué hacer. Me gustaría poder situarme en ese debate con una causa y pensar que lo que hago contribuye. Me gustaría compartir las convicciones de algunos amigos que te dicen que en sus doscientos años de historia la Argentina nunca cambió tanto y que estamos construyendo un país justo mientras sus jefes se llenan de oro y sus pobres votantes siguen sobreviviendo con un mendrugo universal por hijo; me gustaría aunque más no fuera compartir las de otros que defienden la libertad de expresión de los que se la guardan, las empresas que tienen el suficiente dinero como para imprimir diarios, irradiar radios, televisar programas. O, cuantimenos, pensar con los que dicen que lo que importa es la verdad y siempre buscan el mismo tipo de verdades porque es obvio que, como todos, tienen una ideología que les hace pensar que ciertas verdades valen la pena de ser impresas y otras menos. No por nada, sólo porque les interesan menos.
Una causa. Me gustaría tener una causa precisa, valiosa, valerosa: la causa popular, la causa democrática, la causa nacional, la causa justa. Pero mis causas no encuentran su lugar en el debate y no sé qué hacer y me da el desespero, y más cuando recuerdo que hay tantas personas a las que todo esto –que a algunos nos parece tan central– les importa tres pitos. Entonces me siento todavía más afuera, y no sé qué es peor.
Digo: no sé qué hacer, y es mi problema. Escribir sobre política consiste en dar la impresión de que uno escribe sobre cosas que importan a muchos. Esto, en definitiva, a quién le importa.
(Aunque si usted, mi querido lector, llegó hasta aquí, es porque vio en estas palabras algo familiar, algo que lo interpela, algo que lo preocupa. La seguimos).
Martín Caparrós nació en Buenos Aires en 1957, es escritor y periodista y obtuvo los premios premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011. La nota se publicó en el blog que él tiene en el espacio de blogs de ElPaís.com, "PAMPLINAS" y es un hermoso intento de saltearse la censura, lo políticamente incorrecto y las cómodas y rapidas ofensas de la gente hipersensible, al día de hoy, el 90% de Argentina. Total, es un blog, y ya dijeron que NADIE NOS LEE. Martín, lo reafirmo: Sos un genio.
Yo, gorila cipayo zurdito mercenario
Por: Martín Caparrós | 08 de marzo de 2012
Hoy voy a escribir sobre algo que no tiene por qué importarle a nadie: yo. Y voy a ser, por una vez, muy franco: no sé qué hacer. Me siento, como pocas veces en mi vida, pegajoso, incómodo, entrampado. Enredado en una situación donde no sé qué hacer.
La síntesis es casi fácil: me veo en medio del fuego que se cruzan los sectores más poderosos del país. Por un lado, los ricos nacionales e importados que siempre disfrutaron la economía de la Argentina; por otro, la máquina peronista setentona –ya va a cumplir setenta años– que controla desde hace tanto su política.
Suelen estar aliados, y todavía mantienen muchas lazos. Pero ahora se ladran porque el peronismo quiere recuperar parte del poder del Estado y algunos de los más ricos están tan mal acostumbrados que no quieren soltar nada –y arguyen, con cierta razón, que ese poder del Estado no se usa como debería.
En cualquier caso los dos bandos –con sus matices y sus diferencias internas, por supuesto– coinciden en querer presentar la realidad como si ellos fueran todo, lo único que hay: a ambos les sirve pretender –tácita, enérgicamente– que sólo se puede discutir entre esas dos formas –no muy distintas– de administrar el capitalismo de mercado. A ambos les conviene postular que todas las posibilidades del presente y el futuro argentinos se reducen a ponerse del lado de Clarín y las cerealeras y ciertos bancos o del lado de Fernández y las mineras y contratistas y otros amigos de lo ajeno. A ambos les sirve proclamar que si no estás con uno de ellos estás con el otro –de ellos. Mecanismo que llega a la cumbre en el argumento peronistacéntrico de que si uno critica ciertas medidas oficiales está haciendo lo mismo que Morales Solá, Grondona, Spichicucci. Que todos los que están contra mí son la misma mierda es una vieja táctica de cualquier poder: unificar para descalificar en masa. El kirchnerismo, obediente, la aplicó: esa idea de que existe tal cosa como “la oposición” es uno de los logros de su aparato relator. No hay ni tiene por qué haber una; son proyectos muy distintos, y oponerse no debería definirlos. Ya lo quisiera el ínclito gobierno, pero su sombra no es tan larga: no alcanza para hacerme pensar con Alfonsín o Macri o De Narváez o Binner. Yo no quiero estar con unos o con otros –porque no estoy con ninguno de ellos–, y no resulta fácil.
* * *
Es cierto que a veces parece que criticara más al gobierno peronista que a los grandes ricos tradicionales y sus pobres representantes políticos. Supongo que hay razones. Por un lado, es el gobierno el que produce la mayor parte de los hechos sobre los que se puede pensar y/o decir algo; pero además no necesito, como otros, sobreactuar la crítica a la corpo o la opo o la derecha en general porque no acabo de empezar a hacerla. Llevo –a diferencia de muchos kirchneristas– años y años en ese menester. De algún modo la doy por sobreentendida: la he dicho tantas veces, y la distancia me parece obvia. Con el gobierno no es lo mismo, porque a menudo dicen cosas que yo podría suscribir; el problema es lo que hacen.
Entonces, a veces, por mis críticas al gobierno, la derecha no presidencial me cree disponible y me ofrece espacios, alianzas que no quiero. No quiero firmar solicitadas con las plumas tradicionales de los grandes diarios, no quiero pedir libertad de prensa para los que nunca la respetaron ni legalidad para los que siempre se la pasaron por el forro, no quiero reclamar garantías jurídicas para los “inversores” ni libertades para los “mercados”. Envidio a quienes saben en qué “valores democráticos” basan sus amonestaciones. No son los míos. Por eso no quiero, siquiera, que mis críticas puedan asimilarse a esos sectores, y no siempre lo consigo. No sé si prefiero el insulto abusivo al aliento de quien creo lejano. Es cierto que en el bando de los que más me pelean tengo muchos amigos y, en principio, más coincidencias que en el de los que a veces me halagan. Hay tardes en que eso me hace preguntarme si estoy equivocado. Me lo pregunto, lo pienso; creo que no.
(Una de las grandes confusiones de estos tiempos confusos, sin metas ni proyectos, es aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos; con ese silogismo siniestro algunos nacionalistas argentinos y casi peronistas se sintieron muy cerca de Adolf Hitler; con el mismo, el partido comunista se alió con el embajador americano contra Perón en 1946.)
Me siento, en síntesis, atrapado entre los que hablan de justicia y se dedican a acumular podercito, y los que los atacan en nombre del respeto a las instituciones; los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que pelearon contra el capitalismo y los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que inventaron el capitalismo y lo reinventan con cada cierre del mercado.
* * *
Pero tampoco debo -ni puedo- hacerme cargo de lecturas, decisiones ajenas. Un tipo me dice en tuiter “sabelo, los que te leen ahora no son los mismos que te leían antes”. Sé que en casos es así y, de algún modo, lo siento: a veces lo siento. Pero no por eso dejo de creer que sucede porque muchos de esos “que me leían antes” se entregaron a –seamos piadosos– los cantos de sirena oficialistas. Claro que me gustaría que me siguieran leyendo; sin duda no me gustaría hacer lo que tendría que hacer para eso: no lo haría.
Como triste consuelo me aparece la idea de que muchos de los que ahora me putean van a decir, en unos años, ah tenías razón –como pasó otras veces, disculpen que lo diga: son esas cosas que uno no debe decir, pero lo creo. Mientras tanto algunos pelandrunes resultamos un grupito –patético– de iluminados de segunda: gente tratando de que más gente se dé cuenta de lo que creemos saber. Que cuando choca un tren o dictan leyes antiterroristas o reprimen a los pobladores de Famatina y Tinogasta decimos ves, yo te lo dije, eso es lo que es este gobierno; que cuando sale en los diarios que la Gendarmería nos espía o que el vicepresidente hace negocios turbios o que la presidenta descalifica a los maestros nos sonreímos pensando y ahora qué van a decir y nos da, dentro de la preocupación, un trocito de gusto culposo. Es una mierda, y es una sensación que ya conozco: ahora todos cuentan los noventas como una larga cruzada unánime, esos tiempos en que estábamos todos unidos contra Menem porque “estar contra Menem era fácil”; se olvidan –intentan olvidar, que es la primera condición de su Memoria– de que éramos muchos menos que todos: los apoyos, los números del peronismo en el poder eran más o menos los mismos que ahora, e incluían, sabemos, a buena parte del aparato gobernante. Supongo que dentro de diez años también la van a contar así. Y no lo digo –espero– por puro delirio: estoy convencido –modestamente convencido, si esto es posible– de que así será. Pero, mientras tanto, es duro.
* * *
“Lo bueno que yo le veo a este gobierno es que si lo corren por izquierda, responde”, dijo un comentarista de este blog, y preguntó: “¿Qué posición tomará Caparrós si en el inicio de las sesiones Cristina decide mandar un proyecto de regulación, estatización y nacionalización de la explotación minera? ¿Apoyará la medida, o se quejará porque no se hizo antes?”. “Cristina”, sabemos, no lo hizo, pero la pregunta era buena por pertinente, porque este gobierno suele tomar tarde medidas con las que yo habría estado de acuerdo. Y me gustaría poder contestarla por la positiva: ah, por fin, qué suerte. En cambio tiendo a contestar por la suspicacia: ¿por qué, si durante tantos años hicieron lo contrario, ahora hacen esto? ¿Qué se esconde? Es triste pero puedo, faltaba más, justificarme: enunciar distintos casos en los que medidas que me parecían deseables dieron resultados perfectamente indeseables.
Mi relación con este gobierno peronista puede sintetizarse en muy pocas palabras: tras nueve años de mirarlos de cerca no creo que sean de izquierda, no creo que quieran una sociedad como la que yo querría; creo que están tratando de emprolijar y hacer viable y perpetuar un orden social muy injusto. Y que, para eso, de vez en cuando toman alguna medida con la que estaría de acuerdo sino fuera porque, en general, la desnaturalizan con su práctica. No es mucho más que eso: nada grandioso, nada heroico. Pura viveza criolla. La épica posibilista de este gobierno opositor.
Creo que lo que no soporto es precisamente eso: que digan lo que podría decir pero hagan lo contrario: que desvirtúen malversen malbaraten un discurso con el que querría estar de acuerdo –y que, después de ellos, va a quedar descalificado por unos cuantos años: va a ser muy difícil volver a hablar de cuestiones tales como la redistribución de la riqueza y la igualdad, rebajadas por tanto manoseo.
Pero también sé que, como creo lo que creo, cuando analizo lo que hacen le busco las pulgas –y en general es muy fácil encontrarlas, pero mi actitud me molesta. Es cierto que estoy empeñado en ver la mitad vacía del vaso porque creo que estos señoras y señores no quieren llenarlo. Pero, más allá de mis razones, sé que mi mecanismo es reductor, mecánico, levemente injusto. Me incomoda.
Y encima debo confesar –a mi pesar, en mi contra– que cuando veo a la señora presidenta perorando con su tono cada vez más Su, riendo chistecitos internos, repartiendo ironías mal armadas, extremando la historia personal, hablando de lo linda que era la vista desde su cuarto de sanatorio del Opus Dei o llorando en los momentos indicados, no la soporto. Me irrita más allá de la razón y busco en lo que dice más pulgas, puntos flacos. Me pasa lo mismo que, últimamente, cada vez que andaba por “Palermo Hollywood”: no podía parar de compararlo con ese barrio tranquilo y amable de cuando iba a la escuela República de Cuba, años sesentas; me pasaba el paseo detestándolo y decidí dejar de ir. Pero no puedo dejar de pensar sobre lo que hace el gobierno, y lo sigo haciendo de ese modo molesto.
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Me gustaría cambiarlo; no lo logro. Lo cual podría explicar la saña de los ataques kirchneristas. Eso, y que algunos supusieron, por mi historia, que sería de los suyos, y algunos incluso creen que fui kirchnerista y lo dejé; no es así: desde el principio preferí pensar en función del presente y el futuro, no de pasados míticos y relatos dudosos. En cualquier caso, me atacan con denuedo y, a menudo, me tiran con pavadas, a veces incluso por deporte, por costumbre. Ejemplo tonto de un tuit de hace unos días, de una tal selene: “Me leí todos los diarios. Bardié a caparrós. Boludié en fbk. Me quedan aún 6 horas acá adentro del trabajo :( ”.
Alguna vez he tratado de pensarme como parece que me ven algunos –más o menos– jóvenes –más o menos– militantes: un viejo garca que supo tener ciertas ideas o ideales, que hasta hizo alguna cosa con ellos pero ahora se entregó, capaz que por la guita, quizá porque todos claudican. Me interesa la imagen: estoy seguro de que yo mismo la debo haber aplicado a varios –aunque no recuerde uno preciso– cuando el joven militante era yo. Y, sin embargo, me veo tan lejos de esa descripción acusatoria.
Pero más lejos todavía me veo de la más frecuente: que escribo lo que escribo por mercenario y por vendido. ¿Vendido a quién? ¿Quién se supone que me paga? Nunca precisan: Magnetto, las corporaciones, la derecha, España –son casi universales. Ya que lo dicen tanto, voy a ser claro: no trabajo para ninguna empresa argentina. Mi único empleo, ahora, es este blog, donde gano mucho menos que lo que ganaba el año pasado por un trabajo semejante en Newsweek, y sólo un poco menos que un cobrador de peaje con cinco años de antigüedad. No tengo más; el resto son mis novelas, mis crónicas.
Nada me habría resultado más rentable que hacerme kirchnerista; me alcanza con ver lo mucho que ganan tantos colegas que lo hicieron. Si hay algo en mi vida que me hizo perder plata fue no apoyar a este gobierno. No sólo plata: mi vida habría sido tanto más agradable si hubiera tenido apoyos, un grupo de pertenencia, ciertas prebendas, menos insultos, la posibilidad de pensar que estaba participando de algo, la chance incluso de creer, algunas noches, que era algo que valía la pena. Si no lo hice –y no lo hago– fue porque realmente no pude –y no puedo–: porque no consigo pensar que estén construyendo una sociedad más parecida a la que yo querría, a la que creo necesaria. Es una lástima –y además me cuesta muy caro.
Por suerte, el epíteto mercenario suele venir acompañado con otro de esos que resucitaron estos últimos años: cipayo. Cipayo es una palabra fuerte, cargada de sentidos, oxidada: más allá del origen, que casi nadie conoce, es una apelación a lo más cerril del nacionalismo. Y si hay algo que me separa definitivamente del peronismo es esa careta patriotera que se ponen cada vez que quieren disimular algo –justo después de entregarle el petróleo a la California en 1952, a la Panamerican en estos años. Pero no porque sea falsa: sólo porque es nacionalista.
(Por no hablar de cuestiones como la que intenté sintetizar en un tuit que decía que lo que no soporto es que me insulten con errores de ortografía: sin la menor altura. O con esa pretensión arrasadora que ejemplifica, por ejemplo, el que me puteó porque escribí la palabra “atónito”. Era, dijo, una marca de mi altanería: usás palabras raras, papá, hablá más fácil. La burricie como política cultural es de una tristeza que recuerda demasiado al libros no –y que, por suerte, no todos los peronistas sostienen.)
* * *
Son minucias. Si los insultantes supieran cuan poco me afecta que me digan cipayo o pelotudo y cuánto, en cambio, cuando me contradicen con un argumento que merece una segunda reflexión, harían un esfuercito. Pero lo realmente malo, para mí, es que no sé qué hacer. Estoy en medio de una pelea en que no veo cómo sería ganar: una pelea entre dos grandotes que quieren cosas parecidas, y nada de lo que yo querría. Y la pelea recrudece, las puteadas vuelan, los amigos se enojan, la vida se complica, se nos va: se gastan infinitas energías en chimangos. Lo he dicho muchas veces: no estoy en contra de los enfrentamientos; creo que hay veces en que vale la pena pelearse, enfrentar: cuando algo importante está en juego. Esta vez, insisto, no lo encuentro. El gobierno peronista no va a cambiar nada decisivo en la vida de millones que lo necesitan; un eventual gobierno de su oposición boquipapa menos todavía –y no aparecen alternativas de algún peso. Por eso, tanta pelea por tan poco me parece pura pérdida.
Pero, al mismo tiempo, es lo que hay, la Argentina que toca; por eso no sé qué hacer. Me gustaría poder situarme en ese debate con una causa y pensar que lo que hago contribuye. Me gustaría compartir las convicciones de algunos amigos que te dicen que en sus doscientos años de historia la Argentina nunca cambió tanto y que estamos construyendo un país justo mientras sus jefes se llenan de oro y sus pobres votantes siguen sobreviviendo con un mendrugo universal por hijo; me gustaría aunque más no fuera compartir las de otros que defienden la libertad de expresión de los que se la guardan, las empresas que tienen el suficiente dinero como para imprimir diarios, irradiar radios, televisar programas. O, cuantimenos, pensar con los que dicen que lo que importa es la verdad y siempre buscan el mismo tipo de verdades porque es obvio que, como todos, tienen una ideología que les hace pensar que ciertas verdades valen la pena de ser impresas y otras menos. No por nada, sólo porque les interesan menos.
Una causa. Me gustaría tener una causa precisa, valiosa, valerosa: la causa popular, la causa democrática, la causa nacional, la causa justa. Pero mis causas no encuentran su lugar en el debate y no sé qué hacer y me da el desespero, y más cuando recuerdo que hay tantas personas a las que todo esto –que a algunos nos parece tan central– les importa tres pitos. Entonces me siento todavía más afuera, y no sé qué es peor.
Digo: no sé qué hacer, y es mi problema. Escribir sobre política consiste en dar la impresión de que uno escribe sobre cosas que importan a muchos. Esto, en definitiva, a quién le importa.
(Aunque si usted, mi querido lector, llegó hasta aquí, es porque vio en estas palabras algo familiar, algo que lo interpela, algo que lo preocupa. La seguimos).
Claves secretas:
Aquí no hay quien viva,
capitalismo salvaje,
la mujer del otro lado del espejo,
La vida de este lado del charco,
Libros que cayeron en mis manos,
revoluciones
lunes, 5 de marzo de 2012
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